Para cargarse de risa / Rafael Costa
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La violencia como lógica educativa

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Educar es escribir en la página en blanco de los niños y adolescentes. Si educamos para la paz, serán pacíficos; si dejamos que la violencia se apodere de la enseñanza pública, estaremos creando las condiciones para una sociedad agresiva.

“Quizás lo que está en crisis es el valor mismo de educar, en una sociedad que no siempre manifiesta de forma clara cuáles son sus valores”.
Fernando Savater, 1997
                              
Uno de los debates más tradicionales de la filosofía política es el referido al “estado de naturaleza del hombre”, entendido éste como una hipótesis metodológica que se interroga acerca de la situación natural de los seres humanos antes de la constitución de la sociedad organizada y de la autoridad del Estado.
La pregunta sería: ¿el hombre en su estado presocial es bueno, es malo, no es bueno ni malo? El filósofo inglés Thomas Hobbes consideraba que el hombre tiene una agresividad innata, vive en un estado de guerra con sus congéneres en la medida que no hubiera una autoridad que les impusiera conductas, lo que se logra a través de la organización del Leviatán (el Estado). El suizo francófono Jean-Jacques Rousseau, por su parte, pensaba que el hombre no es bueno ni malo, nace como una pizarra en blanco y después la sociedad y el ambiente lo influyen hacia la dirección que toma.
Sea cual fuere nuestra posición, en cuanto a que la agresividad humana es innata o adquirida, lo cierto que la misma se presenta con toda su potencia por estos días, y que es la educación la única que puede salvar al hombre.
Entre tantas amenazas de bombas nucleares, terrorismo asesino, tercera guerra mundial, la única opción que tienen las personas para desterrar la cultura de la violencia, es la de “educar para la paz”.
¿Significa ello ausencia de conflicto? No, el conflicto es la esencia del progreso, es una situación de confrontación entre dos o más individuos o grupos que tienen diferentes intereses o ideas. La cuestión consiste precisamente en remarcar las alternativas para resolver los conflictos de manera constructiva.
La violencia es un fenómeno social, psicológico y educativo. En ella el conflicto se aborda de forma prepotente, hay agresor y agredido, dándose una situación de desigualdad que no siempre es denunciada.
Es lo que pasa diariamente en la Argentina, con los cortes de calles por un puñado de piqueteros encapuchados que obstaculizan la circulación de cientos de miles de ciudadanos, o en la toma de las escuelas por parte de adolescentes que impiden a sus compañeros el ejercicio del constitucional derecho a educarse.
Son las reglas no escritas de una “microcultura” que lleva a los más a someterse al capricho y los actos de fuerza de los menos, y a las autoridades a practicar el “buenismo institucional”, que consiste en ser espectadores privilegiados de la fractura social, en lugar de actores principales de la aplicación de las reglas de la ley.
El que teme ejercer la autoridad del Estado por miedo a ser calificado como autoritario, lo único que hace es dejar un vacío institucional que es ocupado por el autoritarismo de signo opuesto, el de grupos y sectores que imponen por la fuerza al resto sus visiones sesgadas que no compatibilizan con el pluralismo democrático.
Hace más de un mes que muchos colegios porteños se encuentran “tomados” por un grupo de alumnos que se expresan como si creyeran que se la saben todas. Esos adolescentes en plena formación educativa y psicológica, son vilmente manipulados por la “lumpenpolítica” argentina, integrada por esa izquierda petardista de escasa presencia electoral, el kirchnerismo residual que ve cómo se le evapora la posibilidad de regresar al poder, los pseudosindicalistas que están destruyendo con sus acciones la escuela pública argentina.
Tan patética es la metodología violenta utilizada nada más ni nada menos que en el ámbito educativo, como es la toma de establecimientos escolares, que queda casi anecdótica la cuestión de fondo, que es la intención oficial de regular las pasantías de los alumnos para completar su preparación práctica. El argumento utilizado, la explotación empresarial de los pasantes, no resiste ni el menor análisis, como que es la “cantinela” de un izquierdismo pasado de moda.
¿Que se debe escuchar la opinión de los alumnos en el tema? Obviamente. Pero ¡de ninguna manera que sean los alumnos los que se arroguen la facultad de decisión en aquello que le corresponde a otros estamentos, como a los docentes y a las autoridades educativas!
Desde hace tiempo que en el país se ha instalado la “anomia” social, que responde a la incapacidad institucional de hacer cumplir las reglas que deben regir para todos los que viven en la sociedad civilizada. En el ámbito educativo, esa “anomia” se ha convertido en la “anemia” del sistema de enseñanza, que lanza a la crueldad de la dura lucha diaria, a jóvenes que en muchos casos ni siquiera saben comprender los textos que leen.
La organización social supone la existencia de roles y jerarquías funcionales, a mayor altura en la escala, mayores responsabilidades y obligaciones.
Pues bien, es la confusión de roles lo que contribuye a causar este estado de anomia y violencia. Debería ser claro que el alumno es alumno y no docente ni autoridad educativa. Pero eso lo deberían saber los docentes y autoridades, enseñando, dando el ejemplo y, cuando haga falta, haciendo valer las reglas y normas específicas. Ello vale también para los padres, que en razón de una demagógica permisividad, renuncian a su deber de guías y cauce de las conductas de sus hijos.
Están aprendiendo nuestros niños y adolescentes la lógica de la fuerza, de la violencia. Saben que usar la fuerza tiene, a la larga, una utilidad manifiesta, cual es la de alcanzar el objetivo que persiguen.
Están aprendiendo de una izquierda cavernaria cuya única arma política, flaca en votos, es la agitación; de sindicalistas que los convierten anualmente en testigos privilegiados y víctimas de los paros salvajes que asolan la escuela pública; de padres que omiten o fomentan; de docentes que miran para otro lado; y fundamentalmente de las autoridades del Estado, que no hacen cumplir las reglas mínimas de convivencia y dejan a todos los alumnos librados a su suerte, sin sancionar a los que utilizan la fuerza en sus demandas.
Más arriba dije que hay que educar para la paz, en las escuelas, como en la sociedad, debemos conducirnos con la lógica del diálogo, no de la fuerza. Educar para la paz es una forma de educar en valores, como justicia, democracia, solidaridad, tolerancia, convivencia, respeto, cooperación, autonomía, racionalidad, amor a la verdad.
“La educación para la paz no es una opción más sino una necesidad que toda institución educativa debe asumir. Los principios para una convivencia pacífica entre pueblos y grupos sociales se han convertido en un imperativo legal. Ahora se trata de conseguir que el derecho formal de la paz se convierta en un derecho real” (Julio Vidanes Díez, profesor en la Facultad de Educación y en el Centro de Formación del Profesorado, Universidad Complutense de Madrid, España).
El daño que permanentemente se le hace a la escuela pública, a esta altura es casi inconmensurable. Lo cómico es que sus autores son los mismos que dicen defenderla a través de un doble discurso y una moral bifronte que parece nunca acabar.
La escuela pública se defiende con valores, con dedicación, con constancia, con conductas pacíficas, con ejemplos, con nivel académico.
El uso de la fuerza que hoy se tolera, seguramente producirá personas que mañana no conocerán los límites de la convivencia social, y eso es muy grave.
 

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