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Carlos Bramante

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Luces y sombras de la correntinidad en pandemia

La primera quincena del 2022 tuvo récord de contagios por coronavirus. Se multiplicaron las agresiones al personal sanitario. Los incendios no dan tregua a los bomberos. Les propongo pensar entre todos una sociedad más amigable.

Desde las primeras líneas pido disculpas por este atrevido análisis que no busca herir individualidades, sino examinar colectivamente las conductas en uno de los tiempos más difíciles para la humanidad. Incluso, muchas de ellas se repiten en todo el mundo, pero los dichos populares nos enseñan a no conformarnos con males ajenos.

La tercera ola de COVID-19 se manifiesta con intensidad en todo el país. Debíamos estar preparados y responder con las medidas sanitarias recomendadas para minimizar su impacto. Una estadística cercana nos ayudaría a comprender que algo hicimos mal.

En Misiones, a principio del 2022, no superaban los 300 casos diarios, mientras que en Corrientes había más de 1.000. Con el correr de los días, todo hacía suponer que la "Tierra Colorada", con más habitantes que nosotros y uno de los atractivos más famosos del país, se acercaría a la cantidad de casos detectados aquí. Hasta ahora, eso no sucedió, porque al finalizar la semana anterior, nuestro promedio diario de contagios fue de 2.491 casos mientras que allá fue de 759. Tres veces menos que en nuestra provincia.

Encontrar explicaciones debe ser tarea difícil para las autoridades que buscan medidas apropiadas para detener al virus. Podemos contribuir fijándonos en las aglomeraciones en diferentes lugares y eventos. Desde las aperturas, el barbijo está casi olvidado, la distancia social ausente y descuidamos el aseo de manos. Los antivacunas ya sufren las consecuencias, aunque muchos sigan distraídos. Más allá de ver amenazada su libertad por un incómodo pase sanitario, deberían ser conscientes de las estadísticas del hospital de Campaña. Las mismas son terminantes para explicar la cantidad de ingresados y su evolución clínica.

Otros demoraron en colocarse la vacuna y cuando el "zapato" les apretó fueron impacientes protagonistas de acciones que nos avergüenzan como sociedad. Recordemos la agresión a una enfermera en el Club Pingüinos y la atención a puertas cerradas (con llaves) en el Call Center de Goya.

Mientras no teníamos tiempo para colocarnos las vacunas o dudábamos de su eficacia, dejamos pasar la oportunidad de hacerlo organizadamente y Argentina debía donarlas a otros países. Nuestro desinterés hubiese provocado el vencimiento de esas dosis tan reclamadas.

Ahora debemos estar atentos a la vacunación de niños y jóvenes. Hace unos días, el Director del Hospital de Goya, Raúl Martínez, expresó en Radio Dos que "un 40 por ciento no se puso la segunda dosis". Y no olvidemos que dicha localidad fue epicentro de la tercera ola mientras superaba en cantidad de contagios a la ciudad de Corrientes.

El Hospital Garrahan advirtió que el 70 por ciento de los niños internados no tiene el esquema completo. Si pensamos que son hijos de padres antivacunas, cometeríamos un error. Pero si nos vacunamos los grandes, dejando afuera a los chicos, podríamos pagar caro el error de esa decisión.

La semana anterior, cuatro niños fueron internados en el pediátrico Juan Pablo II. Primero, pensemos que la vacuna evitaría la internación y, segundo; las incomodidades para sus acompañantes. Además, sería una equivocación dejarlos sin antídoto, porque los llevaría a ocupar camas hospitalarias destinadas a patologías sin medicamentos preventivos.

Los jóvenes y niños se recuperan rápido, pero son el "vehículo" perfecto para contagiar a otros integrantes de la comunidad. Incluso a quienes se cuidan y pueden enfermarse por un inocente abrazo familiar.

Una enseñanza que debemos afianzar es la de no confundir libertad social con libertad individual. Soy recurrente, pero me parece necesario cuando se reiteran errores que nos hacen pagar onerosas consecuencias.

Otra sombra que nos deja la semana pasada son los incendios que afectan a casi todos los departamentos correntinos. Las autoridades no descartan que, detrás de la mayoría de los focos ígneos, esté la mano desaprensiva del humano.

El fuego arrasa con la naturaleza, como sucedió en el Iberá, perjudica a los productores, daña redes de servicios, como las que dejaron sin electricidad a Loreto y San Miguel, o incendia vías de comunicación, como sucedió en el puente ferroviario del río Aguapey.

Tampoco somos conscientes de que despreciamos la vida de nuestros semejantes. En los últimos días, escuchamos el relato exhausto de bomberos voluntarios que arriesgan su vida, como le sucedió a José Luis Mombaj, que murió mientras iba a un incendio en Yapeyú.

No se trata de recordar aspectos negativos, sino de llevarlos al escenario del discernimiento para ayudarnos a vivir amigablemente. Son muchas las luces que podemos "encender" los correntinos, pero debemos esquivar los "bajones de tensión" que padecen los aparatos eléctricos por las perturbaciones de un sistema energético deficiente.