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Carlos Bramante

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UNA REALIDAD QUE GOLPEA Y PREOCUPA

Sin educación, todos los argentinos estamos en peligro

Se conocieron los resultados de la Prueba Aprender 2021. Junto a la pobreza, es una de las estadísticas que más duelen. La dirigencia política se limita a un análisis electoralista y superficial.

El dato más angustiante del relevamiento es que siete de cada diez alumnos llegan al último año de la primaria sin entender lo que leen. La ausencia de educación es el camino a necesidades básicas insatisfechas y un futuro cargado de dificultades para niños y adolescentes.

Para evaluar los resultados sugiero que la pandemia no sea la única culpable. Hay un precedente más importante de la debacle educativa y es la Ley Federal de 1993. Su derogación en el año 2006 no modificó ese derrotero porque la implementación de la Nueva Ley Nacional de Educación no se realizó en todas las provincias causando la atomización del sistema educativo argentino.

Para muchos especialistas sería uno de los factores desencadenantes del fracaso de una norma que ya tiene 16 años. Durante ese lapso de tiempo, los gobiernos sólo experimentaron parches de escasos resultados.

Hoy se necesita despertar la vocación de los chicos para aprender. La casa y la escuela tienen que mostrarles desde muy pequeños sus beneficios, estimulándoles a ingresar al mundo del conocimiento. Es la mejor manera de ofrecerles un futuro sin planes sociales para recuperar la cultura del trabajo.

Dolorosamente, la realidad actual casi nos lleva sin escalas a la época del analfabetismo. Un chico que no entiende lo que lee es un analfabeto del siglo XXI. Hay que enseñarles que el horizonte se oscurece cuando la práctica de la lectura y la escritura no aportan comprensión de textos.

La escuela necesita despertar la vocación colectiva de las aulas. No se trata sólo de avivar individualidades sobresalientes, sino de motivar al conjunto de alumnos para que el resultado sea exitoso. Hoy pareciera que sólo se propicia el desenvolvimiento pedagógico del alumno voluntarioso.

Tampoco olvidemos que desde hace años se facilita la promoción de los chicos sin prestar demasiada atención a las evaluaciones. Cuando afloran las críticas, las autoridades niegan el pase "automático" y se escudan en la vigencia del "fantasma" de la repitencia.

Tras las vacaciones de invierno comenzará a implementarse la extensión horaria y, aunque se necesita probar el método en terreno, pareciera un nuevo capítulo del remanido fracaso. Aunque las excepciones existen, la regla indica que más cantidad no es sinónimo de calidad mientras no haya una profunda transformación.

Hoy es necesario redefinir la exigencia de aprender. Para eso hay que descartar algunas susceptibilidades que también son responsables de las estadísticas actuales. Tampoco propongo un retroceso a prácticas antiguas que ya fueron eliminadas.

De todas formas, el pasado del sistema educativo deja enseñanzas que no podemos desaprovechar. Argentina, en menos de 50 años, tuvo cinco Premios Nobel. Desde el último a la actualidad transcurrió casi el mismo período de tiempo y no volvimos a obtener ese reconocido galardón.

La queja fácil de los alumnos y la poca voluntad de algunos docentes para enseñar impuso el facilismo como método de aprendizaje. Además hay educadores que subestiman la capacidad de los chicos y, ante el primer fracaso, los encasillan en el grupo de alumnos residuales.

Al igual que el alumnado, el colectivo docente también necesita trabajar en conjunto. Entre colegas se acusan por la falta de acompañamiento para articular objetivos. Los directivos deben advertir la diferencia de interés de los alumnos por cada docente. No sólo hay que analizar la simpatía de los chicos por una materia, sino también evaluar el desinterés por las otras.

Además se necesitan salarios que incentiven el compromiso de cada maestro y profesor. No podemos permitirnos el desgano ni la emigración de profesionales esenciales. Una realidad que hoy afecta a médicos recibidos en la UNNE porque encuentran su futuro laboral en provincias con mejores sueldos.

Algunos políticos responsabilizaron el resultado de las pruebas del año pasado a la falta de conectividad, una realidad que no se puede esquivar, pero tampoco olvidemos que su implementación no fue política de Estado. Hace algunos años se interrumpió la entrega de notebooks y a muchos alumnos la pandemia los sorprendió sin equipamiento.

Las acusaciones cruzadas entre políticos sólo agravan la realidad actual condenando, a niños y jóvenes, a un futuro impredecible. La pandemia sólo fue "la gota que rebasó el vaso". Sin olvidar que el cierre de las escuelas y la cuarentena fue necesario porque teníamos un sistema de salud que no estaba preparado para atender a las víctimas del COVID-19.