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Marcela Tomasella

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NO ES EL CAMINO

¿Inclusión?

El tratar de establecer el "@", la "x" y la "e" como una norma de uso de supuesto lenguaje inclusivo acarrea graves problemas para un enorme grupo de personas, como las que padecen dislexia y las no videntes.

La Real Academia Española (RAE) no contempla el "@" como un signo lingüístico, ni a la "x" o la "e" usada en el contexto del supuesto lenguaje inclusivo debido a que no tienen ni una ni otra su correspondencia fonológica, impidiéndose de esa manera pronunciarse adecuadamente.

Está fuera de discusión que, desde edades tempranas y desde todos los ámbitos es fundamental crear en los niños la toma de conciencia sobre el concepto de inclusión. Valorar la diversidad en todas sus formas nos define como humanos siendo la bondad y el respeto por las diferencias los mejores indicadores de salud mental.

El lenguaje no es ajeno a ello. La RAE, formada por 23 academias de habla hispana, tiene como misión especial velar para que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico. Así lo establece el artículo primero de sus actuales estatutos.

El tratar de establecerlo como una norma de uso acarrea, en ocasiones, graves problemas para un enorme grupo de personas que quedan al margen de una teórica intención inclusionista. Este es el caso de las personas con dislexia y las de los no videntes.

No pasaría lo mismo con el lenguaje de señas o el Braille, que a mi entender no son conocidos por la mayor parte de los niños, jóvenes y adultos en formación. Esta enseñanza contemplaría e incluiría a todas estas personas para que cuenten con una manera de aprender acorde a sus necesidades.

La dislexia es una dificultad para la adquisición de la lectura y la escritura a pesar de contar con las capacidades cognitivas como para lograrlo. Es una de las primeras causas de fracaso escolar. Sus mayores inconvenientes surgen de la dificultad para identificar fonemas, segmentar palabras, cometer errores de puntuación, de ortografía, omisiones, sustituciones y otras.

¿Alguien evaluó seriamente las consecuencias académicas, didácticas, pedagógicas, emocionales y afectivas que acarrea el uso incorrecto del lenguaje inclusivo que se pretende imponer para todas estas personas?

Esto se transforma en un nuevo obstáculo, en una nueva barrera, más aún considerando el altísimo porcentaje de niños y jóvenes estudiantes que no son capaces de comprender textos de baja complejidad, según evaluaciones realizadas recientemente.

Durante años hemos luchado para que las personas con dislexia tengan las mismas oportunidades de aprender realizando adaptaciones de acceso y de forma con el fin de cursar con éxito sus estudios.

Sin dudas, el lenguaje inclusivo no sólo no los favorece desde ningún punto de vista, sino que además los excluye de un sistema que debería adaptarse al alumno acorde a sus necesidades.

Para estas personas que presentan un déficit en el componente fonológico del lenguaje, las tergiversaciones que pretenden imponer la "e", la "x" o el "@" constituyen una barrera infranqueable. Los contenidos deben ser accesibles para que todos puedan aprender. Las personas con dislexia representan alrededor de un 10% y 15% de la población que no es tenida en cuenta.

La formación docente contempla la necesidad de identificar tempranamente a las personas con dificultades específicas del aprendizaje y la realización de las programaciones didácticas para que sean accesibles a las personas con esta problemática. El no considerarlo conlleva graves consecuencias académicas y emocionales. Por lo tanto considero que tratar de imponer este lenguaje no sólo no las contempla, sino que enfrenta a la legislación vigente dejando de lado la igualdad de oportunidades estipuladas.

En la lectura y la escritura, las consecuencias serían devastadoras. El acceso a los contenidos se volvería más que dificultoso. Comprometería la comprensión, exigiría un esfuerzo inconmensurable en cuanto a gasto de energía cerebral y tiempo que se le sumaría al que ya realizan con los textos habituales. Encaminaríamos a nuestros alumnos a generar una indefensión aprendida con mayores posibilidades de bajar los brazos y abandonar los estudios, aumentando la desazón, la frustración y la impotencia, si se les agregase una nueva dificultad.

Los recursos tecnológicos no están adaptados para este tipo de lenguaje. Por lo tanto pretender imponerlo en pos de la inclusión excluiría a todas estas personas poniéndolas aún más en inferioridad de condiciones.

Sin duda no sólo no se han contemplado las necesidades educativas especiales, sino tampoco la relación, más que estudiada, de cuánto a cómo influyen las emociones en el aprendizaje llegando incluso a la deserción y al abandono.

   EN LA LECTURA Y LA ESCRITURA, LAS CONSECUENCIAS SERÍAN DEVASTADORAS.
Repito: estaríamos actuando en caso de imponerse; fuera de la ley, quitándoles a estas personas derechos ya adquiridos.

Nunca olvidemos que el aprendizaje depende de la manera en cómo enseñamos para que todos tengan las mismas posibilidades. Los factores externos influyen, y mucho, para culminar con éxito una tarea.

Pretender implementar el lenguaje mal llamado inclusivo tergiversando la lengua a estas personas no los considera ni los favorece.

Si lo que pretendemos es una educación para todos y no sólo para un sector, este no es el camino.