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Carlos Bramante

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UN FUTURO MEJOR PARA LOS NIÑOS

Una brecha que no le hace bien a la educación

La prueba Aprender 2021 mostró una notoria diferencia entre escuela pública y privada. Resultados similares a evaluaciones prepandemia. ¿Hay educación de primera y de segunda calidad?

La marcada diferencia entre ambos sistemas ratifica la necesidad de debatir el modelo educativo para el país. Es tiempo de sincerar los objetivos y dejar de repetir consignas políticamente correctas. No todos son "defensores de la Escuela Pública". Las estadísticas demuestran su involución provocando egresados con diferencias de conocimiento.

Hace poco, una capacitadora de los cursos de formación docente realizados en Corrientes les decía a sus colegas que "los problemas de aprendizaje se remontan a los últimos 20 años". Por ello, funcionarios, legisladores y dirigentes sindicales deberían comenzar a escuchar más a las bases.

Ya no quedan dudas del diagnóstico, ahora hay que buscar soluciones. Se necesitan debates con propuestas para definir reformas sustanciales. De lo contrario, la pandemia será un recuerdo y habrá que buscar nuevas excusas del fracaso escolar.

Por otra parte, considero que los resultados de la prueba Aprender no reflejan la realidad al estar segmentados por el nivel socioeconómico. Muchas familias postergan objetivos y pagan una escuela privada sin pertenecer a la, cada vez más, reducida cúspide de la pirámide de ingresos. Lo hacen con la expectativa de invertir en un futuro mejor para sus hijos.

   
El párrafo anterior se confirma con el crecimiento sostenido de nuevas y antiguas instituciones privadas en Corrientes. Quizás "ayudadas" por el resultado de las estadísticas oficiales que terminan siendo su mejor propaganda.

Más allá de la desigualdad entre ambos sistemas, también hay que analizar las diferencias de calidad dentro de la escuela pública. Una postal que se repite todos los años es la de padres haciendo largas filas y/o acampes frente a las escuelas céntricas.

Un indicador del último relevamiento demuestra que no debería haber diferencias de acuerdo a la ubicación del establecimiento escolar. Hay escuelas rurales que superaron a los mejores colegios relevados en zonas urbanas. Ni siquiera el escaso acceso a la tecnología condicionó el nivel de enseñanza y aprendizaje.

La semana pasada escuchamos en Radio Dos la frase desafortunada de una maestra de Goya. Trató de "muertos de hambre" a sus alumnos de segundo grado por romper una maceta mientras se dirigían al comedor. La expresión es condenable y la docente aceptó su error pidiendo disculpas a padres y niños.

   
Tampoco podemos quedarnos en el incidente sin hacer una radiografía del contexto en el cual se produjo. El establecimiento se encuentra en una de las zonas más populosas de la segunda ciudad y donde se multiplican las necesidades básicas insatisfechas.

Primero debemos considerar que pudo ser el desahogo de una docente que diariamente ve devaluado su labor profesional. Muchos advierten que los chicos asisten a la escuela por el plato de comida y no por los contenidos pedagógicos.

Tampoco dejemos de comprender la importancia que tiene para un niño la alimentación. Desde el inicio, estaríamos desconociendo el instinto de supervivencia que nos guía a todos. Y más aún, cuando su corta edad no le permite descubrir el valor de la educación y sus padres no pueden fomentarla porque la comida escolar es el único plato principal del día.

   
Volviendo al análisis de la brecha entre educación pública y privada, es necesario que los conocimientos adquiridos por los maestros en cursos de capacitación se vuelquen al aula. Sabemos que realizan un enorme esfuerzo pero la realidad demuestra que no se aplican durante la enseñanza. Se reducen a la obtención de un puntaje para conseguir estabilidad laboral o alcanzar los diferentes cargos del escalafón docente.

Por otra parte, la educación privada se convirtió en alternativa de inversión y es destacable su función como generadora de fuentes de trabajo. Sin olvidar el necesario apego a las leyes laborales para garantizar la buena voluntad de sus educadores.

Tampoco estoy seguro que todos los establecimientos privados brinden idénticas condiciones de enseñanza. El "bendito" mercado nos enseña a los consumidores que el precio no asegura la calidad del producto.

Si esa regla se aplica en educación, estaremos frente a un espejismo que terminará confundiéndonos a todos. Sin olvidar que los padres no estamos en condiciones de evaluar los modernos conocimientos destinados a nuestros hijos.