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Marcela Tomasella

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FALTA DE COMPROMISO

¿"Mea culpa" o sincericidio?

Somos víctimas y coautores de innumerables desastres. Somos un pueblo que sufre de amnesia o es negador o prefiere la cómoda mentira. Es feliz de proceder como un idiota, porque es idiota.

Brutas injusticias que padece la mayoría del país. Unos se desloman, mientras otros van cómodos y burlones, sujetando prebendas, subsidios, coimas y demás privilegios, con discursos demagógicos y supuestamente progresistas.

Hay que generar riqueza y para generarla es necesaria la inversión genuina, una competencia limpia y normas que respeten, en serio, las reglas del juego.

La complicidad de la misma sociedad, adicta a la vía prebendaria y mendigante.

Además de los discursos, algunos ricos se vuelven más ricos y cantan maravillas al poder. Hay funcionarios que embolsan millones. Pero los hospitales siguen carenciados, las escuelas se caen a pedazos, aumentan los asentamientos, no se abren caminos, la comida está cada vez más cara, la inflación sigue subiendo, las provincias e intendencias dependen de la buena voluntad de una sola persona.

En Argentina somos unos viciosos del blanqueo. Quizá porque pintamos de blanco la mugre que tenemos pereza de limpiar.

Blanqueo que se hace para impedir el surgimiento y consolidación de élites que puedan orientar el país. Las élites son necesarias, así lo vienen enseñando Platón, Aristóteles, Maimónides y hasta Lenin.

   
Quienes se rasgan las vestiduras por los derechos humanos violados hace treinta años, no sufren arcadas por los derechos que se violan en este momento.

Salgan a ver la realidad: el pueblo hambreado e indigente. Sean justos con su propia conciencia, sean coherentes con lo que predican. En nuestro país no todos los ciudadanos tienen los mismos derechos.

El kirchnerismo, la tendencia hegemónica, el caudillismo, la verticalidad, un disimulado desprecio por las instituciones democráticas, el asistencialismo, la corrupción, el doble discurso, la tendencia autoritaria, importan la lealtad, la obediencia, la fuerza.

Los defectos encastrados en la praxis de la educación feudal que arrastramos desde lejos en cada provincia, una praxis muy resistente al cambio.

"La violencia de abajo se debe a la violencia de arriba".

La nueva Ley de Educación fue sancionada a los apurones en el crepúsculo de 2006. No modifica nada sustancial, regresa al sistema que había existido desde 1994.

La nueva Ley es hipertrófica, elefantiásica, somnífera, tiene 145 artículos.

La nueva Ley, en el fondo, significa volver al sistema educativo tradicional de la escuela primaria y secundaria. El chiste tiene su costo: descenso de nuestra educación, fatiga de nuestros docentes y pérdida de energía y dinero.

La flamante Ley salió renga, no soluciona muchos problemas importantes, por ejemplo, el caso del docente "taxi". Tampoco perfila avances de infraestructura ni énfasis en el perfeccionamiento docente. Falta el compromiso con la excelencia y la obligación de transmitir valores, los éticos y los vinculados con la magia del esfuerzo. A la escuela se le pide más que en los tiempos dorados: que divierta, que alimente, que contenga. Como si el docente no sólo debiese transmitir conocimientos y valores, sino hacer de padres (ausentes en la realidad) que ponen límites, lo cual es a menudo patéticamente cierto.

Sarmiento, Avellaneda, Roca habían convertido la educación en una política de Estado. Muchos edificios de escuelas públicas parecen hoy abandonados. En su interior hay docentes desmotivados, mal pagados y temerosos. Ondas "progres", psico-bolches o pseudo-freudianas han inyectado la certeza de que no debe existir diferencia jerárquica entre el maestro y el alumno, como ha dejado de existir, desgraciadamente, entre padres e hijo, entre el que sabe y el que no sabe, el que tiene experiencia y el que la debe adquirir, entre los que acumulan méritos y los que se mofan de los méritos porque al final todo es igual. La sana competencia es mal vista porque se debe igualar para abajo. El paraíso es la miseria común.

Está bien que tengamos educación pública. ¡Es imprescindible! Será mejor si confronta con la privada. Si siente la presión de la competencia. Todo el tiempo y en todas partes.

El Estado no brinda suficientes recursos, no hace buenos controles y se comporta como una caudalosa fuente de corrupción.

Una universidad pública, gratuita e irrestricta que pertenece a todos (a nadie) y podemos hacer de ella lo que mejor nos place, sin compromisos individuales ni anhelos por la excelencia. Administración financiera de cifras que no coinciden con los fondos existentes. Infraestructura insuficiente, precaria, mal mantenida.

Indebida concesión de cantinas, fotocopiadoras, librerías e imprentas. Deficiencias en las designaciones. Respondiendo al amiguismo y la política chica antes que al mérito.

Una crónica distorsión ética que proviene de afirmar que la educación es gratuita.

¿Gratuita? La educación pública no es gratuita, sino que es pagada por toda la sociedad.

Presentar la enseñanza como algo gratuito no sirve porque da la impresión de que no vale un corcho. Lo cual sabotea la excelencia. Parece una obligación educar pero no es una obligación que los estudiantes se esmeren ni que los padres incentiven ese esmero.

La presunta gratuidad tampoco favorece el sentido de la equidad. Seamos sinceros: la mayoría de los estudiantes pueden pagar un modesto arancel; sería la plata que gastan en bebidas, remeras, boliches u otros justificados placeres. Además, muchísimos estudiantes provienen de establecimientos privados. Pagar algo, aunque poco, despertaría el sentido de la obligación y el compromiso. Y quienes no pueden realmente hacerlo, deberían pagar con trabajos que aliviasen el presupuesto de la casa de estudios y ayude a mantenerlas en mejor estado. Por otra parte, una buena porción de los aranceles podría destinarse a crear becas para los estudiantes de menos recursos. De esa forma seríamos más justos y menos aprovechadores.

La gratuidad adormece el compromiso y fomenta la irresponsabilidad.

La ausencia de una sanción estimularía nuevos ataques.

¿Por qué nos empeñamos en seguir modelos que fracasan?

"Qui s’excuse, s’accuse".

Ahora, como nuestros gobernantes, llamamos conversación al arte de hablar solos.

Bías de Priene dijo: "De los animales salvajes, el más feroz es el tirano y de los animales doméstico, el más peligroso es el adulador". El tirano y el adulador se complementan.

"No es cuestión de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro".

Recordemos que en la Argentina la culpa, siempre, es de quien precedió en el cargo, aunque sea del mismo partido o de la misma familia.

El primitivo afán de igualar para abajo impide hacer un análisis objetivo que nos conduzca a efectuar las correcciones estructurales que tanto beneficiarían al país en su conjunto.

El incremento presupuestario corre en el mismo sentido que el alza creciente del gasto público en general, como si se tratase de inversiones productivas.

Contando con los medios apropiados, se puede organizar una grosera estupidez a gran escala.

La pandemia sólo la puso en la TV y en la calle.