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Carlos Bramante

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ANÁLISIS SOBRE LOS PLANES SOCIALES

El problema no es cobrar, es no trabajar

La presión impositiva irrita a trabajadores y emprendedores. Sienten que el Estado dilapida recursos para financiar a quienes no aportan.

El malhumor de los trabajadores es cada vez más evidente en todo el país. Se consideran sometidos a financiar una porción importante de la sociedad que no aporta al funcionamiento virtuoso del Estado. Y además, parecieran muy cómodos en esa posición sin nada que los haga desistir.

Desde el principio debemos saber que el Estado (nacional, provincial o municipal) no es una figura abstracta con fondos ilimitados para mantener a quienes no quieren trabajar. Es una forma de organización que administra los recursos surgidos del pago de impuestos.

Los gobiernos necesitan de los trabajadores. Desde los empresarios al último changarín. Todos financian a los que viven de un "eterno" plan social. Estos últimos, no son solidarios con aquellos que pagan impuestos y cargas sociales para colaborar con la redistribución social.

Cuando esa cadena pierde eslabones, estamos en problemas. No quedan demasiadas alternativas, recurrir a la deuda externa o la máquina de producir billetes. Las únicas formas de financiar un Estado que gasta en exceso.

Tampoco olvidemos que cuando eso sucede, aparecen recetas poco apropiadas en boca de políticos y economistas. Desde el ajuste al aumento de impuestos. Ambas dejan heridas y ya fueron probadas con resultados negativos.

El ajuste dejó miles de trabajadores desocupados y la presión impositiva enerva los ánimos del emprendedor sometido a financiar los gastos estériles de la clase política. Llámese planes sociales o simplemente corrupción.

La presión impositiva se vuelve fastidiosa cuando no hay una retribución a las necesidades de quien lo paga. El trabajador en relación de dependencia no goza siquiera de una cobertura de salud confiable y el inversor carece de servicios de calidad para sus emprendimientos.

Tampoco olvidemos otras dificultades que tienen los trabajadores. La explotación laboral dejó variados ejemplos la semana pasada en Corrientes. Un delito cometido por grandes, medianos y pequeños patrones. Argentinos o venidos de otros países.

En Paso de los Libres, una empresa forestal y en el municipio de Cecilio Echeverría, una finca hortícola. En esta última, un dueño llegado de un país limítrofe explotaba a sus compatriotas y a los nuestros.

Tampoco olvidemos que los salarios alejados del costo de vida ubican al trabajador en una situación desgastante. Esa realidad lo enoja al observar que otros no hacen más esfuerzo que ir a un piquete. El emprendedor también está agobiado por un régimen impositivo burocrático que "invita" a la evasión sin que ningún político, ávido de votos, le sugiera.

No se trata de una lucha entre pobres como algunos quieren plantear. Sólo se reclama que el sacrificio de un sector no financie la pereza de otros. Y no hace falta hurgar demasiado para encontrar ejemplos. Basta ver manifestantes que cumplen la contraprestación yendo a una movilización.

Terminan llevados por dirigentes que transformaron su liderazgo en fuente laboral y nada pueden envidiarles a políticos y sindicalistas. Olvidaron que sus raíces crecieron en el malestar social hacia la clase política. Se enquistaron en las organizaciones y utilizan el mismo mecanismo de reelección indefinida.

Vivimos en una Argentina con ejemplos poco estimulantes. La enseñanza de la dirigencia política es tan parasitaria como la dirigencia social y sus seguidores. Y por ello, no pocos eligen actividades ilegales sin reparar en los peligros. Son más rentables y se "confunden" con un trabajo.

Se multiplican los ejemplos de familias dedicadas al contrabando o al narcotráfico. En Corrientes se desactivan periódicamente "kioscos" de la droga administrados por hombres y mujeres de todas las edades. Y quizás tengan algo de razón cuando se justifican: "Yo trabajo y no vivo de un plan social".

El hastío de los que madrugan, cumplen horario o hacen kilómetros para trabajar está en los niveles más altos. Sienten que el sacrificio es en vano cuando el salario no alcanza para satisfacer la canasta básica del hogar. Pelean todos los días para no caer en la pobreza o la indigencia y se hacen añicos los sueños de superación.

Gobernantes y dirigentes son los únicos que pueden adoptar y sugerir las medidas para restaurar una argentina sometida a la mala praxis hace décadas. Tomen conciencia que la paciencia de la silente mayoría atraviesa niveles muy bajos. Y las reacciones impredecibles pueden afectarnos a todos.

El ajuste no puede pasar por los trabajadores. Hoy se reviven viejas recetas cuando escuchamos hablar de segmentación energética. Sólo pareciera que el próximo verano no tendrá disponible la opción de un descanso confortable.