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Carlos Bramante

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POBREZA

El "cero" de la dirigencia política

Los discursos de pobreza cero hoy son el resultado de su gestión. A la recurrente desocupación le agregaron el deterioro de los salarios. La dirigencia deja la impresión que no dimensiona la gravedad del empobrecimiento sin freno al que están sometiendo al país.

La calificación más baja de gobernantes y opositores surge al conocerse los índices de pobreza en nuestro país, en cada región y ciudades en las que se mide. En medio de las riquezas que la naturaleza dio a nuestro territorio aparecen las múltiples mezquindades.

 Los egoísmos políticos someten a la población a una peligrosa orfandad para conseguir alimentos básicos. Hoy le sucede a los indigentes y a quienes cargan el peso de proyectar sobre sus espaldas el progreso personal y familiar. Lamentablemente, la realidad actual es frustrante para esos objetivos porque el ahorro quedó condicionado a una recurrente subsistencia forzada por la impericia de la dirigencia.

Las razones las venimos planteando desde hace décadas y son conocidas en profundidad. El análisis sesgado, interesado o contaminado por intereses que no defienden el bienestar de la población, los encierra en propuestas que las estadísticas se encargan de demostrar que ya fracasaron.

La falta premeditada de diálogo expone a la clase dirigente a una "mala praxis" recurrente. Y a la evidencia que no aprendió de los trabajos en grupo, en tiempos de estudio, para resolver los problemas. Por eso, hoy a la sociedad le gana el escepticismo al verlos envueltos en posiciones cada vez más extremas.

Una vez más la mirada de muchos políticos argentinos, desparramados en cada una de las provincias, está puesta en un horizonte de países lejanos como los europeos. Y lo hacen sin advertir que se recrean ideas fracasadas con el único objetivo de fragmentar a la sociedad para acelerar su llegada al poder.

La dirigencia política es la principal deuda que tiene la joven democracia Argentina. Los más tolerantes pueden aceptar que la inexperiencia propia de la juventud sea culpable de tantos desaciertos que pauperizan sin detenimiento la calidad de vida de los habitantes.

La sensatez debería llevarlos a prestar atención a otra porción de la sociedad. Aquella que muestra señales de agotamiento porque son varias décadas transcurridas desde 1983 y los errores, además de recurrentes, sólo agravan la realidad dolorosa de familias a las que se les niega un plato nutritivo de comida.

Vamos a cumplir cuatro décadas de democracia ininterrumpida. Es tiempo suficiente para una evaluación razonable de los desaciertos y motivar la aparición de dirigentes maduros que resuelvan las necesidades de la población pero esa etapa no se vislumbra en un futuro cercano. Las crisis recurrentes sólo recrean voces "nuevas" pero con argumentos "viejos", probados y fracasados.

La pobreza de Argentina tienen dos factores que ninguna de las opciones políticas fueron capaces de encontrarle solución, y se llaman: desocupación y salarios. Seguramente habrá otra infinidad de factores asociado a las bibliotecas individuales pero sólo se encargan de exhibir con más claridad las carencias que enfrentamos.

La precariedad laboral y salarial es la que golpea a la inmensa mayoría de las familias. Hay épocas en las que no se consigue trabajo y otras, como la actual, en la que los ingresos de los trabajadores están muy alejados de satisfacer las necesidades básicas y, mucho menos, ayudarlos a proyectar objetivos.

Dentro de la calificación que recibe la dirigencia, hay un ítem que más exaspera a la sociedad. El costo económico que representan para las arcas gubernamentales los miles de cargos político – institucionales que van acompañados de numerosos contratos que terminan recreando Estados (nacional, provinciales y municipales) onerosos e ineficientes.

Es cierto que un ahorro del gasto político no alcanzaría para resolver las dificultades. De todas formas, intentar hacerlo, sería una señal esperanzadora dentro de una población fastidiada por los discursos de ajuste mientras hace tiempo lo practica sin resultados.

La dirigencia deja la impresión que no dimensiona la gravedad del empobrecimiento sin freno al que están sometiendo al país. La grieta dialéctica que padecemos desde los inicios de la república también se materializa con dirigentes encerrados en los countries de moda y alejados de las inmensas áreas de pobreza.

Levantar la nota sólo depende de la voluntad de cada uno de nuestros dirigentes. La sociedad puede acompañar su desempeño mientras el resultado de la gestión ayude a resolver los problemas.

De lo contrario, costará demasiado recuperar la cultura del trabajo que tanta veces invocamos pero las condiciones actuales no contribuyen a su regreso exitoso. Lo demuestran los millones de argentinos que trabajan, incluso en tiempos laborales no recomendables para la salud, y por sus bajos salarios están condenados la pobreza.