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Carlos Bramante

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Pareciera que están decididos a "pincharnos la pelota"

2022 nos deja un balance escuálido. La Selección nos hizo recuperar el aliento para 2023. En cambio, los políticos se juegan a desaprovechar otra oportunidad.

A pocos días del oasis mundialista que nos regaló la Albiceleste, la dirigencia solo se encarga de seguir cavando grietas para quitarle fertilidad a un terreno regado de posibilidades gracias a la Copa del Mundo.

Muchos países aprovecharon el empuje de un logro deportivo para transformarlo en motor de objetivos superiores. Sin demasiadas teorías, resultó el empuje perfecto para el crecimiento y desarrollo de sus sociedades. 

Funcionarios y dirigentes parecieran, una vez más, decididos a desperdiciar la inmejorable ocasión. Siguen encerrados en recintos polarizados mientras esconden en los cajones de sus oficinas las encuestas que alertan sobre las chances políticas de Lionel Messi.

El Capitán de la Albiceleste está posicionado por encima de todos los candidatos lanzados para 2023 y sin hacer campaña. La diferencia, el rosarino sigue pensando en futbol mientras muchos políticos solo buscan la supervivencia política. 

Cuando la sociedad prefiere a alguien que no es "del palo" estamos en presencia de un "grito" desesperado. No hagan interpretaciones erróneas que solo profundizan el malestar ciudadano y aceleran la decadencia del país. 

La ciudadanía está diciendo que no se siente contenida y, menos aún, representada por las figuras estelares y de reparto que pululan el debate electoral 2023. Hoy los ve con la sola intención de preparar el "golpe" para noquear al contendiente. 

La población les reclama una reacción diferente. No "pinchen la pelota" que está en el centro de la cancha. Salgan de sus "cuadriláteros de box" con estrategias de juego para seducir a los votantes. Hagan como los jugadores cuando la afición los miraba de reojo y quejosa por su desempeño: conquisten con resultados a "la hinchada" y al resto de los argentinos.

También es oportunidad para darse cuenta que van en sentido contrario a los intereses de la sociedad. Y  sino fíjense en los índices de inflación, pobreza, desempleo, empleo en negro, trata de personas y varios etcéteras que todos conocemos.

Miren el relevamiento que se conoció esta semana a través de Barrios de Pie. Por la malnutrición, el 48,6% de los chicos tienen sobrepeso, obesidad o baja estatura. Y el 40% de los más pequeños dejaron de ingerir una de las cuatro comidas diarias.

Son indicadores que nos remonta a la crisis del 2001, la que eyectó del sillón de Rivadavia a Fernando de la Rúa. ¿O acaso se olvidan del drama de la desnutrición que golpeo durante años al país? Muchas retinas retienen las imágenes de niños y familias enteras afectadas por la falta de alimentos. Y secuelas todavía vigentes en la salud y educación del país.

También llama la atención que muchos dirigentes de aquella época se reciclaron hábilmente para permanecer en el "mundillo" político. Pasaron más de dos décadas y el único culpable de la mala praxis gubernamental fue el mandatario de ese tiempo.

A diferencia de otras profesiones donde los errores son condenados, en la política argentina nadie va preso por hacer mal las cosas. Y nadie se confunda pensando que un juicio por corrupción es suficiente para purgar los disparates de gestión. 

Es cierto que los ciudadanos podemos juzgarlos cada dos años. Pero también somos víctimas de estrategias distorsivas fogoneadas por la misma dirigencia y sus adeptos. Abusan de variados métodos de comunicación para someternos a yerros electorales que les asegure longevidad laboral en la política argentina.

La dirigencia debe asumir la responsabilidad de encontrar mecanismos para depurar sus espacios. No pueden funcionar como una corporación, defendiendo intereses que no son los de la gente. 

Sino, fíjense cuando se reclama gestos de ahorro y  hacen "oídos sordos". Desde todas las ideologías protegen las abultadas "dietas" mensuales que, ahora nos enteremos, forman parte del 10 % más rico de la Argentina. Un porcentaje del que gozan no pocos funcionarios.

Sería constructivo que en esta época de balance nos propongamos entre todos a no desperdiciar el empuje de los Campeones del Mundo. Hagamos que 2023 sea un año bisagra para la historia de nuestro país.

Busquemos fórmulas alternativas para torcer el rumbo de una Argentina que  asombrosamente se sigue deteriorando. Tengamos en cuenta que la dirigencia política pareciera decidida a perder no solo la competencia mundial sino también la regional. Los países vecinos reciben el Año Nuevo con más optimismo.

Si los políticos desaprovechan la "pelota mundialista" no dejemos que la "pinchen" o la terminen desinflando con el paso del tiempo. En las elecciones ejercitemos el manejo del "inflador" y encontremos un "capitán" que haga rodar la pelota por todo el campo de juego.

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Carlos Bramante