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Devoción mariana

Carta de Stanovnik a los jóvenes peregrinos de Itatí

"Algunas anécdotas y reflexiones de mi peregrinación con los jóvenes a Itatí", titula monseñor Andrés Stanovnik la Carta que envió a la comunidad del Nea para expresar su saludo por la nueva peregrinación a Nuestra Madre Morena. La carta completa:

40º Peregrinación Juvenil a Itatí, 21 de septiembre de 2019 


Empecé a peregrinar a Itatí con los jóvenes cuando llegué como obispo a la diócesis de Reconquista, y continué peregrinando con ellos luego cuando pasé a la arquidiócesis de Corrientes. Un par de veces no pude hacerlo por “gajes” de oficio: una vez porque acompañé al Nuncio Apostólico de visita en Corrientes, y quien luego presidió la Misa en Itatí; y la otra cuando tuve que ocuparme de la preparación de Aparecida. Fuera de esas ausencias, hacía todo lo posible para que otros compromisos pastorales no me impidieran caminar con los jóvenes a Itatí.
 
Muchas son las experiencias que viví como peregrino a Itatí. Recuerdo la vez que se acercó un joven universitario, que peregrinaba solo y era del Chaco. Caminamos juntos cerca de dos horas. Él no era creyente y así me lo manifestó de entrada. Pero le despertaba una gran curiosidad el hecho de que tantos jóvenes hicieran ese esfuerzo gigantesco, y miraba azorado a los que apenas podían caminar, ayudados por algún compañero o compañera, y aún le quedaban muchos kilómetros para llegar a Itatí. Y decía que también a él le gustaría descubrir esa fuerza interior que los creyentes llaman fe. Luego no nos volvimos a encontrar, pero estoy seguro que el corazón tierno de María de Itatí le habrá hecho sentir que ella está cerca, y que su Hijo Jesús lo espera en alguna de las vueltas de la vida y, quién sabe, si eso no le pasó aquella vez cuando llegó a los pies de su Madre.
 
Con frecuencia llueve en esa época. Y así fue que el camino del atajo estaba intransitable, porque aun no se le habían realizado las mejoras que tiene ahora. Cuando se está a esa altura de la peregrinación, nadie habla y el cansancio es extremo. De pronto se sintió un grito y una chica se resbaló y terminó en charco de agua y barro. −¬No importa−, se escuchó en el silencio de la noche, −es la Virgen que nos espera−. Y se levantó toda embarrada y continuó el camino como si no hubiera pasado nada. ¡Qué fortaleza tiene la persona cuando tiene una meta clara en su corazón!

Un antiguo carrito para bebé, de esos bien bajos, que servían también como cunita, con la parte metálica consumida por la herrumbre, y un bebé acostado en ella, estaba siendo empujado por una pareja joven, de apariencia muy humilde y rezando el rosario. Ya habían caminado más de 40 kms en una noche fría. Me acerqué a ellos cuando habían terminado de rezar y empezamos a conversar sobre la edad de la criatura, el lugar de dónde venían, si estaban cansados, por qué peregrinaban, si era la primera vez que lo hacían, y así por delante. Me asombraron sus respuestas sencillas, claras y firmes, que luego me sirvieron para meditar y rezar durante las largas horas que aún restaban para llegar a Itatí. La respuesta que me quedó en la memoria hasta hoy, fue al preguntarles si no sentían algo de temor por el pequeño al exponerlo al frío y a un camino tan largo: −No Padre, es la Virgen que lo cuida−. Y ante una respuesta así, guardé silencio, envuelto por el testimonio luminoso de fe y de confianza en María Madre que cuida de sus hijos más pequeños y pobres.

Algunas perlas de nuestra peregrinación juvenil que me gusta destacar. El entusiasmo y la alegría que reina en los jóvenes durante la celebración de la misa el domingo por la mañana, a pesar del enorme cansancio como consecuencia del largo camino. La generosidad de los sacerdotes que mantienen el ritmo de las confesiones durante toda la noche. Los jóvenes servidores que están a lo largo de los más de 70 kilómetros, que dista Corrientes de Itatí, sirviendo a sus compañeros peregrinos y dejando limpio el lugar por donde transita la peregrinación, como un ejemplo de cómo los jóvenes son capaces de cuidar los espacios comunes, y un estímulo para que los imitemos en nuestra vida cotidiana; con frecuencia dije que esos jóvenes servidores son tan peregrinos como los que llegan a Itatí maltrechos por haberse caminado todo. Las carpas con el Santísimo Sacramento que se encuentran a lo largo del camino de los peregrinos, y los adoradores y adoradoras que pasan la noche alabando al Jesús Sacramentado. Las asociaciones civiles y de Iglesia que están a lo largo de la ruta, asistiendo a los peregrinos como, por ejemplo: Sanidad de la Provincia, Cruz Roja Argentina, Equipo de Sanidad del Arzobispado, Bomberos Voluntarios, Policía de la Provincia, Tránsito de la Provincia, y tantos otros grupos que se organizan espontáneamente para que durante el trayecto no falte agua, fruta, tortilla, chipá, sanitarios, etc. También los móviles que acompañan la peregrinación con una letra y música acorde al espíritu que mueve a los peregrinos, ofrecen una valiosa colaboración durante todo el trayecto de la peregrinación. Una mención especial merecen los medios de comunicación, varios de ellos coordinados por Radio San Cayetano, que cubren sin interrupción casi 24 horas de transmisión, sin olvidar al Equipo Televisivo de la Arquidiócesis, a Corrientes Católica, y a los medios de otras provincias del NEA. Cabe destacar también a la comunidad del Santuario, tanto a los equipos de laicos como a la comunidad de sacerdotes orionitas, quienes se prodigan generosamente para que los peregrinos reciban la mejor atención cuando llegan, y puedan gozar de unas celebraciones bien preparadas. Ni hablar de las horas que implica la preparación de un evento de esas características, entregadas generosamente por los integrantes del Equipo de la Pastoral de Juventud del NEA, acompañador por su obispo asesor. En fin, con esta enumeración de perlas de la peregrinación, quiero sugerir que sigamos descubriendo y agradeciendo a todos aquellos que hacen posible un acontecimiento único y el más numeroso de jóvenes que se convocan en el NEA.

Cuando empecé a peregrinar con los jóvenes de Corrientes, y luego de dar un breve mensaje al inicio de la peregrinación, nos poníamos en camino. Desde el punto de partida y hasta llegar a la Basílica me acompañó siempre el P. Mario Benito González, al que se sumaron en diversas peregrinaciones y períodos del camino religiosas, seminaristas y peregrinos ocasionales, que se acercaban o yo me acercaba a ellos y, con los cuales caminaba algún trecho de la peregrinación. Nos han tocado días y noches espléndidas, como también días y noches desapacibles y tormentosas, pero nada nos detenía en el camino. Un chaparrón intenso, campeado sin paraguas, le seguía luego un sol luminoso o una noche oscura, y en cualquier caso la ropa se terminaba secando con el calor del cuerpo durante el camino. Y desde lejos la cúpula iluminada del Santuario de la Virgen, que nos anunciaba que aún faltan cerca de dos horas para llegar. Estábamos aplastados por el cansancio, pero era un cansancio que nos llenaba de paz, de fraternidad y de un gozo interior inenarrable.

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Concluyo compartiendo alguna idea sobre la peregrinación en sí misma y su sentido cristiano. Peregrinar es una de las experiencias más humanas y entre las que mejor expresan la condición del ser humano sobre la tierra. Una afirmación obvia: estamos de paso en esta vida. Pero la obviedad de esa realidad la desconocemos a cada paso: nos comportamos como si viviéramos para siempre en esta tierra. Y eso nos lleva a poner el corazón en los bienes materiales, que acumulamos y, en realidad, no sabemos bien para qué lo hacemos; nos apegamos a las personas para sentirnos protegidos o, al contrario, pretendemos poseerlas porque eso nos da la falsa sensación de creernos fuertes e inmortales. Lo opuesto a peregrino es errante o vagabundo. Vagabundo es el que gira sin ninguna dirección, porque no la tiene en su corazón. Es un hombre frágil y expuesto a sensaciones ocasionales. La persona errante inevitablemente se convierte en adicta: en su corazón vacío de motivaciones, de sentido y de dirección en la vida, compromete su existencia con lo que tiene más a mano para olvidar y negar su triste condición: alcohol, droga, sexo. O también algo más refinado como son las ideologías, a las cuales se adhiere con un fanatismo irracional, convirtiéndose en un ser violento, incapaz para el diálogo abierto y la convivencia respetuosa en la pluralidad de opiniones y modos de vida. En cambio, el peregrino no se adhiere a nada en este mundo, porque tiene su meta puesta más allá, y esa meta lo abarca de tal modo que no hay nada que le pueda robar el corazón. Todo lo vive en esa la luz que le llega desde la meta: en nuestro caso, desde el maravilloso misterio que se revela en la Tierna Madre de Itatí: Madre de Dios, a quien le pedimos, como primera gracia, que nos conceda un gran amor a su Divino Hijo Jesús. Entonces, el peregrino que tiene claro hacia dónde se dirige su vida, no se desentiende de lo que pasa alrededor suyo. Todo lo contrario, sus vínculos con los otros, en la familia, en el trabajo, en el negocio, en la escuela, en la función pública, lo vive iluminado desde la luz de la fe. Y esa luz le otorga la libertad para no apegarse ni dominar a nadie; no ambicionar desmedidamente los bienes terrenos; estar siempre dispuesto a dar una mano a todo el que la necesite. El peregrino es fraterno y solidario por naturaleza; es paciente, dialogal, y siempre busca crear lazos de amistad. El peregrino es un enamorado de Dios, y como tal experimenta que lo único que en realidad vale en la vida es amarlo a Él con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, y al prójimo como a uno mismo. Por eso, el peregrino, acompañado de su Madre, María de Itatí, no desvía su mirada de Jesús, y de Él aprende la verdadera espiritualidad que mueve al caminante. Su bastón insustituible es la Palabra de Dios, la Eucaristía, el sacramento de la Confesión, y la comunidad cristiana en la que vive y con la que peregrina. Gracias, hermanas y hermanos correntinos, por la experiencia de peregrino de la Virgen que ustedes me regalaron y que ustedes viven con tanta fe y entusiasmo. El ser peregrino está en sus raíces, es parte innegable de su identidad, y, al mismo tiempo también de su misión. Peregrinan porque fueron bautizados y como bautizados peregrinen también como misioneros siempre en todas las circunstancias que les toca vivir.

†Andrés Stanovnik OFMCap