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Los Cuetes

Por Daniel Collinett  

Hubo un tiempo en que los perros no se estresaban tanto con las fiestas. O si lo hacían, nadie les daba bola. Porque los bichos eran eso y estaba bien visto  que ladraran a más  no poder, después de las doce. Que se pusieran locos. A nadie se iba a ocurrir pensar en aquel entonces, que cada "güau" era una queja.

Creíamos erróneamente que el bicherío estaba sonriente y chocho de la vida con cada detonación familiar o barrial Es que la Navidad traía,  entre otras cosas, a la parentela. O nos llevaban a visitar a los parientes tal como ahora, solo que con un alto grado de fuegos de artificio que le ponían más bullicio al encuentro. Y a decir verdad, sin tanta variedad de artefactos "estruenderiles".

La cohetería era justa y necesaria. Estrellitas  multicolores para los que eramos pequeño y no podíamos ni debíamos andar jorobando con el fuego.

"Cuetes", petardos daban pie al inicio de una adultez. Igual que las metralletas. Y si ya estabas en edad de ser valiente y responsable, te daba para los rompeportones. Vinieron después los chasquibunes para que los que daban vueltas esos palitos de colores no se pudran con semejante absurdez y pudieran sentir en manos propias, lo que valía una explosión. Los más audaces, los mayores y algún tío borracho se harían cargo de llevar a la pendejada al patio, mientras el fulano buscaba una botella vacía de coca y le encaraba para bien al fondo. Fósforo en mano y cañita depositada en la botella, los grandes encendían el interés de todos aquellos que quedábamos viendo la proeza de quién sería capaz de inmolarse con tal de vernos sorprendidos por un cielo que se iluminaría en instantes.

Solía fallar, y en ese caso el adulto iba acercándose lentamente para ver qué carajo había pasado. Todo en contados minutos, que se contaban un rato después del brindis. Porque no se podía ir pa' fuera ni bien se brindaba. Ese era el momento de las balas perdidas, capaces de arruinar tremenda juntada. El salir a fueguear, también servía para que llegue el niño. Mágicamente. Mientras paveábamos con los fuegos, los regalitos llegaban y se quedaban en el arbolito sin que nadie se diera cuenta.

Entre tanto bolonqui, algarabía y sonido de radios que transmitían canciones y mensajes para clientes, amigos y favorecedores, el pequeño nazareno hacia su entrada en cada casa y nos daba eso que necesitábamos. Paz, amor y no mucho más que deseo de prosperidad. Sin tanto jojojo. Y con mucho más jajaja, que es lo que en verdad importa. Tirando alguna que otra cañita al aire,  nos alcanzaba y sobraba para ser felices.

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