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Historias de vida en un hospital de niños

La doctora correntina que escribe las historias de sus pequeños pacientes que "dejan huella"

Julieta Miguez Arrúa es una médica correntina residente del Hospital de Niños de la Santísima Trinidad de la ciudad de Córdoba que decidió escribir las historias de su pequeños pacientes, una especie de catarsis, para poder lidiar con ellas "y su peso, no me aplaste", dijo a Radio Dos. "Relatos surge como una forma de plasmar historias reales, de pacientes reales, con la intención de mostrar la fragilidad de sus cuerpos y sus vidas", afirmó.  Ya tiene una veintena de relatos de "estos pacientes que viven,  dejan huella, esos pequeños cuyas historias nos acompañan a casa y nos mueven por dentro", expresó Julieta. Aquí, algunos de ellos.

Jeremías 

Estaba metida en el cuarto de enfermería, usurpando una mesa que no me correspondía porque hacía rato mi horario de salida había pasado y no quería estar sola al fondo de la sala. Estaba sola, igual, pero lejos de las puertas que daban a la construcción. 

-Disculpe-dice, entrado con cuidado a ese lugar que sabía no debía pisar. -Disculpe, quería saber si me puedo ir hoy, a mi bebé lo controlan mañana y quiero saber si lo pueden hacer hoy... 

-No, mamá. Todo recién nacido debe quedarse en esta unidad junto a su madre por dos días para asegurarnos de que se vaya sano a casa. 

-Ah... es que estoy sola... 

Se quedó parada, hamacando a su niño dormido. Tenía puesta una remera fucsia llena de pelotitas, con el cuello estirado para poder alimentar fácil. Un pantalón negro de algodón y un par de pantuflas que tenían más batallas que pizarrón de escuela primaria. Se quedó parada, con su bebé vestido de azul en manta verde en brazos, ella respirando por la boca como hacen esos que nunca hicieron otra cosa que buscar el aliento perdido, esos cuyas caras marcadas cuentan desde lejos que ya de chicos miraban el mundo atrás de una nariz tapada y respingada, y hablaban con la voz empalagosa de niño sin pañuelo. 

-Mamá... ¿está bien? 

Fue como abrir las compuertas del dique. La cola de la novia dibujaba su rostro mientras apretaba los labios y entre sollozos decía "es que estoy sola, estoy sola..." 

Le pedí que se sentara frente a mí, le saqué charla intentando calmarla. Me contó que no tiene celular, que no recordaba el número de nadie. Que tiene mamá y hermana, pero no sabía cómo comunicarse con ellas. Que vivía con el papá del bebé que habían buscado, que él la había acompañado en el parto el día anterior, y después no había vuelto... que el número que tenía era de la suegra, pero era viejo, y nadie iba a verla, y estaba sola, y miraba con amor a su bebé, pero estaba sola, y lo abrazaba fuerte, pero estaba sola, sin aliento, con miedo de no volver a verlos.

Hablamos de sus posibilidades, de que iba a ponerse bien, del nombre de su bebé. Traté de mentirle diciéndole que quizás algo había pasado, no debían conocer el horario de visitas, por eso era la única de la sala que seguía sola. Me dijo que iba a ir a la entrada, a preguntarle al policía si sus visitas estaban afuera y no sabían que podían entrar. 

-Vaya, mamá. Seguro los encuentra. Cualquier cosa, me avisa. 

Se fue, caminando esperanzada, con su hijo que se llama, irónicamente, "persona que se lamenta continuamente". Le conté el significado del nombre que había elegido, y que también era "Dios pone orden". Qué Dios. Qué orden. Si lo que tenemos es un niño con una mamá sin aliento. Una sonrisa brillante en un rostro que siempre busca, siempre pregunta, siempre mira entre la gente, mientras repite despacito, para que nadie la escuche, mirando a su niño de azul... “Ya no estoy sola, ya no estoy sola...”

Alma

El verdadero nombre de Alma no es Alma. Ese es el nombre que ella eligió antes de cumplir 2 años. Sus nombres eran otros que evocaban belleza escandinava y melodía, pero Alma, un día, sin que sepamos por qué, dejó de responder a los nombres que le asignaron y empezó a decir que se llamaba Alma. 

No había personas en su círculo con ese nombre. Ella no sabía que ese era un nombre. ¿Cómo saberlo, si aún no cumplía 2 años? 

Cuando su enfermedad apareció, hace muchos meses, llegó con la energía de un tsunami. Con casi 2 años su cuerpo no había tenido tiempo ni de buscar refugio antes de que las olas de un océano oscuro golpearan las playas de su mente, su cuerpo, su sangre. Las aguas, danzantes, la levantaron alto hasta hacerla tocar el cielo, pero nunca sobrepasó las nubes. Se quedó, acercándose a su familia acunada por el oleaje, bajando despacito, de a poco. Durante los meses que siguieron, la marejada la visitaba con cada viento cambiante, haciendo que su corazón latiera veloz con ganas de apagarse.

-Se murió Alma-, me dijeron hace unos días. 

Cuando supe lo que le había pasado y me lamenté su partida, pensé en cuando la conocimos, víctima de ese tsunami negro, y me di cuenta de que no había muerto. Conocí a una Alma despierta, juguetona, risueña, o seria sólo hasta que la saludábamos y le proponíamos bailar. Entonces, Alma bailaba, y las olas se arremolinaban a su alrededor, sin poder tocarla. Alma danzaba, y todos los que la veíamos nos movíamos a su ritmo, corregido por las indicaciones de sus manos pequeñas, sus puñitos cerrados que se movían al vaivén de la canción de turno. 

Pensé en todo eso, en ella festejando sus 2 años con un tutú de colores, bailando con pantuflas rosadas sin que los cables la detuvieran. Pensé en el nombre que eligió y en el tsunami que la trajo a nuestro mundo. Pensé en todo el amor que les brindó a sus padres en todo el tiempo que luchó.

Eligió Alma porque siempre supo. Eligió Alma porque eso era ella, un alma prestada que vino a jugar para despedirse de a poco, y mimarnos el corazón hasta que un día se fue a nado, saltando entre las olas que esta vez la aupaban felizmente. 

Bella 

Los pasillos son largos, eternos, sobre todo de noche cuando los trámites no descansan y el eco de los pasos acompaña en toda esa oscuridad. Si, son oscuros, generadores de sobresaltos ante mínimos ruidos. 

A veces, los pasillos oscuros se encienden, quedando pura luz y energía. Puro amor. 

Hace poco, a la mañana, mientras iba distraída a buscar algo de comer, escucho una voz que me para. Ella, cuyo cuerpo era un trapo, víctima de su propia autodestrucción. Ella, que con 4 años llegó a nosotros, arrastrada por una madre y un padre que renunciaron a todo con la esperanza de volver a verla reír. Ella, Bella, que estuvo sola, perdida entre tubos y máquinas, un mar de lágrimas contenidas como su única forma de expresarse. A Bella la traicionó su cuerpo, se la llevó por delante, dejando atrás un amasijo de niña que no se sentaba, que no comía, que no sonreía. Sólo miraba hacia donde la hiciéramos mirar. Volvió de la terapia a nuestras manos así, sobras de un cuerpo lastimado al que había que enseñar a existir. Intentar enseñar, con la seguridad del fracaso futuro.

Un día, sus padres, emocionados, nos contaron que Bella había logrado cerrar la boca. Sola. 

Un día, ella se enojó porque no podía tragar su propia baba, y nos miró con confusión cuando quisimos limpiarla. Un día, su padre me buscó. 

-Doctora, venga. Bella se sentó. 

-Muy bien, papá. Atájela bien cuando la siente que se puede caer. 

-No, Doctora. No la senté. Se sentó. Está sentada ahora. 

Corrí a verla, a esos restos de niña muñeca que empezaban a cobrar vida. Bella estaba sin lugar a dudas sentada en el medio de la cama, sola, mirándonos a todos con curiosidad. Sin hablar, pero avisándonos con fuerza que ahí seguía, nunca se había ido. Sólo juntaba fuerzas para volver a nosotros. 

Hace poco, a la mañana, caminaba distraída por pasillos faltos de alegría, aburridos, sin color. Corrió hacia mí una niña que terminó la salita de 4 años, con honores. Saltó y se me colgó al cuello, me comió la cara a besos. Me contó que vuelve a su casa, a su país, a miles de km de la que la contuvo todos estos meses. Una niña muñeca que con un toque de magia y mucho amor se había convertido en una niña real. 

Hace poco, a la mañana, caminaba distraída por pasillos sin color. Pasillos que se llenaron de luz, que volvieron a la vida. Que me llenaron de vida. Gracias, Bella. 

Benjamín 

Miro al frente, abajo, y descubro lo que sólo conocía en papeles, en pantallas. Benjamín dormía, los ojos cerrados por el peso de los fármacos para que no sintiera, no dolieran. Rodeado de cables, de personas que no conocía, de ruidos que le resultaban ajenos, extraños.

El corazón de Benjamín tiene de corazón sólo el nombre, porque funciona distinto, se construyó diferente. No podría aprender mucho si no estuviera ahora en la mesa. Caminar, hablar, vivir... no podría levantarse antes que su mamá para despertarla a los besos. 

Hace unos días pasé frente a su habitación y me quedé mirando a la mamá de Benjamín. Hace 2 meses que ella vive por y para él, con tiempo prestado. Le cantaba algo que yo no conocía, algo íntimo, privado, mientras peinaba sin cansancio la cabeza de niño despierto que poco se mueve, que no puede llorar por el tubo que respira por él. 

Lo que veía en la mesa me movía y paralizaba al mismo tiempo. El cuerpo abierto cuidadosamente ya no protegía ese amasijo de sombras claras, sin vida, esperando, descansando. El primer corte me sorprendió. Tan simple, tan dirigido. Una mano que sabía qué camino recorrer. Otro más, otro, otro.

Seguía quieto, Benjamín tan lábil como su corazón desarmado, y tan ajeno a lo que sucedía. Vi como limpiaban cada espacio, cada cámara, preparándola para la obra. La reconstrucción arquitectónica completa, la reestructuración de algo tan... indiscutiblemente inútil. Convirtieron una choza maltrecha en un gigante, un inmenso palacio, tan funcional como el hogar de un ingeniero, pero con más amor, más cuidado. Fueron cerrando todo de a poco, sacando hilos, tejiendo con agujas un nuevo atrio, una nueva puerta. Levantando las paredes que iban a tener que soportar todos los juegos, todas las corridas... todos los desamores. Fue tan lento el cambio, y tan sutil al principio, que tardé en darme cuenta de que otra vez las rosas teñían a esa caja, ese motor. El color lo cubría todo, empujado por el movimiento, asincrónico primero, rítmico después.

Funcionaba perfecto, ese corazón una maquinaria intrincada de recorrido ideal, la sangre descubriendo los nuevos pasillos de su palacio. Me alejé un poco para que pudieran cerrar las compuertas, el cuerpo descubriendo que quizá nunca volvería a necesitar mostrar lo que llevaba adentro. Quizá. Quizá Benjamín podría aprender a correr. Quizá Benjamín superaría lo próximo, todas esas manos ayudándolo a funcionar, a cicatrizar. La recuperación necesaria de un cuerpo que fue destruido, y retejido de a poco para volver a existir. Para renacer. 

Nahiara
Nahiara es hoy la reina del mundo. Tiene 5 años, y como reina del mundo, tiene un lugar
privilegiado, en la cima de su torre, arriba de su carruaje, rodeada de sus ropas finas. La cuida su
mamá, reina regente, que jamás la dejó sola. Ni siquiera para ir a su festín de jueves, en el comedor del hospital. Me preguntó si había posibilidades de que comiera a esa hora. Ya estaba cerrado. Eran las 13:30, y ella seguía con hambre. Pero no se había querido ir sin su reina.
Nahiara tiene 5 años, y ve más que todos, conoce más que nadie.


Cuando sonríe se le ven todos los dientes, grandes, felices, y enteros, por ahora. Es que Nahiara es reina del mundo, pero sólo del suyo. Ese grande en tierras sin dueños que tiene pisos de
porcelanatos de barro y en el que usa zapatos color piel, porque el contacto con la tierra y el mundo es tan importante para ella que durante su estadía en el internado no logré verla una sola vez con los pies cubiertos. Espero que sea porque tiene calor. Espero que sea porque no le gusta usarlos. Por favor, que no sea porque no tiene.

Es reina y vive rodeada de sus animales, a los que con tanta ternura cuida. No le teme a nada, ni siquiera a ese caballo que todos le dicen que es malo. Tanto,que la mordió, y por eso tuve la oportunidad de conocerla en el hospital. No te enojes con el caballo,Nahi. Acordate de que lleva muchas cargas, muchas horas, tras muchas arremetidas, y él tampoco usa zapatos.


Nahiara, la reina, usa siempre sus ropas finas. Finas de viejas, de usadas, de heredadas. Un pantalón que le queda grande y una remera que le queda chica. Las luce con su brillante sonrisa y su nariz respingada. La mamá le lavó el pelo todos los días. La peinó, la alistó. La ayudó a ir al baño porque ella no podía sola. La ayudaron de a dos, entre la mamá, la reina regente, y el hermanito nuevo que guarda en la panza.


En casa tienen agua, por suerte. Allá, en el palacio, los baños no son comunes, y el fuego que los
calienta y alimenta es de una hermosa chimenea improvisada en algún rincón de la casa o del patio, con leños encontrados, acumulados y acarreados por el caballo malo.


La reina regente, su mamá, no sabe hablar sin sonreír. Tiene la boca tan acostumbrada a la risa, que incluso cuando estuvo preocupada, asustada, y cuando lloró, se veían todos sus dientes, viejitos, manchados, adornando esa cara tan expresiva. Es una reina bondadosa, y avergonzada. Le da vergüenza mover la mano despacito, de lado a lado, para decirme que sabe leer, más o menos. Sus hijos mayores van a empezar la escuela y el jardín. Los que ya no viven con ella. Ojalá ellos si puedan seguir yendo después de primer grado, y que aprendan a leer, así le enseñan a la reina regente, y al príncipe en camino.


Nahiara es la reina de su mundo. Quiere volver a casa, a reinarlo, porque los pasillos del hospital le quedan chicos, y sus ganas de vivir corriendo y jugando pueden mucho más. Está muy feliz, porque le dijeron que es libre, que vaya, juegue, festeje. Descalza y con sus dientes grandes. En su pedacito de tierra de nadie. Con su mamá que no sabe leerle cuentos. Y con sus posibilidades tan bastas...
Pero tan finitas.

Axel y Bruno

Ella estaba trabajando. Pensaba en que otra vez iba a tener que usar la escoba vieja. Ya no sabía
cómo pedir que compren una nueva. Sintió que el celular le sacudía el bolsillo. Lo ignoró y siguió
trabajando. Se fijó si atrás de la mesa grande el piso seguía lustrado. Las huellas del perro de casa interrumpían el pulcro encerado. 'Para esto una limpia'. Otra vez ese bolsillo. Era raro que la llamaran dos veces. Se sacó los guantes despacio mientras seguía sonando. Era Estela, la vecina.
Todavía no estaba segura de para qué le había dado su número, estaba cansada de tantos mensajes en cadena.
-Hola, Estela, estoy...
Se quedó callada. El mundo estaba de golpe helado, y su corazón saltaba. Sin saber cómo, empezó a correr. Creyó que apenas caminaba. Se odiaba por no estar en mejor estado. Corrió. Sentía los pies aplomados, que no la obedecían. No iba tan rápido como quería. Corrió. Esquivó a los autos que tocaban las bocinas que no escuchó. Corrió. Chocó a una de las vecinas que la insultó sin tapujos, y tampoco la escuchó. Corrió. Desesperada, pensaba que todo estaba bien. Rogaba que lo más valioso de su vida no estuviera adentro. Sus mayores logros estaban resguardados. Nunca trabajaba si no estaban resguardados. Corrió. Media cuadra antes, buscaba de manera desquiciada: no estaban. Un muro de expectadores la separaba de su casa. Se metió entre ellos, todos los que intentaron detenerla, y corrió. No vio las llamas que envolvían su casa. No vio el humo retenido atrás de las ventanas, o no le importó.
Entró, loca, mujer fuerte como ninguna, y empezó a gritar. Escuchaba fuego y olía miedo. Suyo,
ajeno. Siguió gritando, mientras empujaba todo lo que la detenía para abrirse paso. Cuando los vio, no tuvo tiempo de ser feliz. Estaban los dos abrazados, en un rincón, tapándose la cara. Con miedo.

La ropa hecha cenizas y la piel ardiendo. Los levantó con la fuerza que se había olvidado que tenía, los rodeó, los protegió. Los amó. Sin mirar atrás salió a la luz, donde la esperaban todos. Salió con los
dos.
Le dio un beso a Axel en la frente, intentando calmar su llanto. El de ella. Abrazó fuerte a Bruno,
olvidándose de su piel. No le importaba su piel. Le importaba Bruno. Cuando llegaron al hospital,
tuvieron que arrancarle a sus hijos. Madre osa, no aceptó que la separaran de ellos. Tenía que
cuidarlos.
-Señora, tenemos que cuidarla a usted.


Ella no entendía. Se miró el cuerpo y vio lo que los demás observaban absortos. La carne, viva,
quedaba a la vista del mundo. Los brazos destruidos y las piernas ennegrecidas. La cara marcada y elpelo olvidado. La ropa fusionada con el cuerpo. Los vio alejarse, escoltados por toda esa gente que buscaba proteger a sus hijos. Y sintió cómo caía, su alma rendida, segura de que estaban en buenas manos. Segura de que los había salvado. Segura de su amor.