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Sergio Berni: "Nadie nace ladrón y hay un contexto social que empuja a delinquir"

Pese a un esfuerzo de moderación, no oculta posiciones fuertes y que incomodan más al progresismo que a un sector de la sociedad que reclama mano dura. El hombre de Cristina y Kicillof para la seguridad de la provincia de Buenos Aires es un símbolo de los conflictos del doble comando. Incorrección política en pleno corazón kirchnerista.

Comencemos estableciendo una suerte de ontología del peronismo. ¿Qué diferencia hay entre el de la provincia de Buenos Aires y el de la Ciudad de Buenos Aires?

—Hay mucha diferencia. Pero no tiene que ver con la doctrina del peronismo, que es una sola. El peronismo es un espacio político doctrinario. Eso es lo que lo diferencia de los demás partidos. El general Juan Perón decía que un espacio político sin doctrina era como un cuerpo sin alma. La nuestra está basada en tres patas: la independencia económica, la soberanía política y la justicia social. Hay actores diferentes con diversas interpretaciones acerca del peronismo, muchas veces de acuerdo a sus propios intereses particulares y no al interés del conjunto. Esto no es un reproche hacia nadie, simplemente es un relato de la realidad.

—¿Que el peronismo porteño perdiera las elecciones mientras en el resto del país generalmente fuera ganador define su identidad?

—Haber perdido en la Ciudad no tiene que ver con el partido. La política es representación de intereses: y los que representa el peronismo no están en la Ciudad de Buenos Aires. Eso no habilita a quienes tienen la representación local del peronismo a hacer alianzas con sectores que no lo representan. Es una crítica que hacemos internamente. Cuando hablamos de soberanía política, independencia económica, justicia social, nos referimos a los intereses populares, que fueron quebrados muchas veces durante los cuatro años precedentes. 

—¿Se alió al macrismo?

—Hay un peronismo que ha sido aliado del macrismo.

—Mi pregunta iba a una cuestión más cultural: ¿el peronismo porteño se tuvo que mimetizar con otros partidos y es más parecido al radicalismo, más socialdemócrata, menos movimientista y más republicano?

—Todo alejamiento de la doctrina es una pérdida de identidad. Hay algunos que se llaman peronistas que tienen necesidad de estar cerca del calor. Y como no lo pueden alcanzar por medio de las urnas, muchas veces lo hacen a través de alianzas. Pero eso no justifica que ante la ausencia de una representatividad se deban entregar banderas, valores. Muchos que se golpean el pecho diciéndose peronistas avalaron que la Argentina se endeudara. Enarbolan la bandera de la justicia social, pero sin embargo no expresan la redistribución económica que necesita la Argentina para ser un país equitativo y justo. Hablamos de la necesidad de una nación para desarrollarse de manera constante y permanente en el tiempo.

Hoy gobiernan varios representantes del peronismo porteño: Alberto Fernández, Jorge Argüello, Gustavo Beliz, por ejemplo. ¿El albertismo es peronismo porteño?

—Es una mirada exagerada de los medios. Aparte, Alberto Fernández no es el presidente del Partido Justicialista. La responsabilidad de mantener esa firme ideología en representación de los intereses de los afiliados del partido y de la nación está en cabeza del partido y su consejo directivo.

—Usted dijo que su jefa política es Cristina Kirchner y no el Presidente.

—Solamente en la Argentina tenemos que contestar las cosas que son obvias. Pertenezco a un espacio político, el kirchnerismo, desde hace 32 años. Fui fundador del Frente para la Victoria santacruceño, el espacio que llevó al gobernador Néstor Kirchner a ganar la primera elección.

—¿Usted vivía en Santa Cruz ya en ese momento?

—Vivía en Santa Cruz en el año 90 por una cuestión circunstancial. Precisamente, me tocó llegar allá en el año 89. Desde ese mismo momento me puse a trabajar con Néstor Kirchner. Pertenezco a ese espacio político. El Frente de Todos es eso: un frente. Cada uno de los integrantes de ese espacio tiene su jefe político. Para algunos, Sergio Massa es su jefe; para otros, Alberto Fernández. Para nosotros, Cristina Fernández es nuestra jefa política, como para otros es Pino Solanas.

—Eso en política. Pero en la gestión, ¿qué pasaría ante directivas contradictorias entre los distintos jefes políticos del Frente de Todos?

—¿Por qué debería haberlas?

No debería pasar eso: los jefes políticos del espacio que representamos tienen la suficiente madurez política y la suficiente responsabilidad para saber que eso no puede ni va a ocurrir.

—Axel Kicillof también tiene a Cristina como jefa política.

—Venimos los dos del mismo espacio político.

—¿Es cierto que designó todos los subsecretarios sin consultar al gobernador y le mandó la lista simplemente para que la firme?

—No es cierto. Hablo permanentemente con el gobernador, porque es mi obligación y es mi responsabilidad. En materia de seguridad cada uno tiene su equipo y obviamente consulta, porque muchas veces el gobernador tiene mirada específica y veta algún nombre. 

—Usted vivió en Santa Cruz y sabe de la trayectoria y ascenso de Lázaro Báez. ¿También es un preso político?

—No conozco el problema de Lázaro Báez. Es un empresario. Cuando hablamos de presos políticos, nos referimos a los militantes. —Usted se refiere a quienes fueron funcionarios. Pero Báez no se podría haber enriquecido de esa manera sin un contubernio con algún funcionario político. —Hay muchas familias en la Argentina que hicieron su fortuna en base a la patria contratista. No solamente Lázaro Báez. También está la familia Macri. —Eso no constituye un consuelo.

Un poquito de autocrítica les sería útil. —¿Pero con qué debería tener autocrítica?

—Con la corrupción: solo Lázaro Báez indica que algún problema con funcionarios del Estado hubo.

—No pongo en la misma bolsa a José López que a los demás. Merece el mayor de los castigos.

—¿Y qué opina del caso de Amado Boudou, que tiene condena confirmada por Cámara de Casación por quedarse con el 70% de las acciones de Ciccone? ¿Hubo hechos objetivos, más allá de la persecución?

—Yo leí el fallo. No sé si usted tuvo la oportunidad de leerlo. Y no encontré ningún motivo que vinculara expresamente a Boudou al delito que se le imputa. Y mucho más después de que los argentinos vieron en estas últimas semanas la injerencia del gobierno de Mauricio Macri para pagarle a Vandenbroele y que declare en contra de Amado Boudou.

—¿Leyó el de Casación? —Leí el fallo de primera instancia solamente.

—Una cosa es hablar de perseguidos políticos y otra de presos políticos. En algunos casos intervienen jueces y fiscales de distintas instancias para llegar a un fallo. Se puede suponer el sesgo o la mala praxis de algunos, pero es difícil que sean tantos.

—Convengamos en que en la Argentina existió el lawfare, esa metodología de perseguir en combinación o en una suerte de asociación entre cierto sector del Poder Judicial y del poder mediático. Hoy los medios son un cuarto poder. Sobre todo en la región y muy especialmente en la Argentina. Se difamó, se usaron los medios para generar mecanismos para que después se investigue. 

Cómo podría describir la mente de un ladrón: hace cálculos eligiendo el delito en función de sus posibilidades, los costos y el rédito?

Primero, nadie nace ladrón. Segundo, hay un contexto social que empuja a aquellos a delinquir. ¿Cuál es su causa? En la Argentina no lo tenemos estudiado. Por eso, el gobernador nos está dando todo el apoyo para crear el centro de investigaciones del delito y la violencia, centro que está a cargo del doctor Enrique de Rosa, uno de los investigadores psiquiátricos más importantes de Argentina.

—¿Puede ser distinta la causalidad del delito en la provincia de Buenos Aires?

—Sí, absolutamente. Por eso es necesario comprender la génesis del delito de manera autóctona en cada uno de los países y fundamentalmente en cada región.

—¿El Conurbano sería un área específica?

—Tiene una alta densidad demográfica y una geografía que permite fácilmente el camuflaje del delito. Los delincuentes pueden esconderse con mucha mayor facilidad que en el interior de la Provincia, una geografía muy complicada. Estoy convencido de que la gran mayoría de la gente no conoce lo que es el Conurbano profundo, el nivel de hacinamiento, los asentamientos. Muchas veces la policía no puede entrar, pero no por miedo, sino porque no tiene la metodología.

—¿Tres veces entraron ladrones a su oficina y usted mismo fue víctima de robo?

—Fue antes de asumir y hace muy poquito. Pero es algo del entorno, un exceso de confianza. Cualquiera tenía la llave de mi oficina. No tiene que ver con cuestiones políticas.

Usted dijo que el daño que causa la marihuana es menor que el del alcohol.

—No tengo ninguna duda. Es una cuestión médica. Pero que quede claro y no se saque de contexto: la marihuana produce daño. Porque tiene una droga que se llama tetrahidrocannabinol que produce la desmielinización del sistema nervioso central. El alcohol no solamente produce eso. Uno de los síntomas terminales del alcoholismo es el flapping, más allá de los daños hepáticos de la cirrosis crónica. El alcohol trabaja también sobre lo orgánico.

—Afecta la mente y el cuerpo.

—Hay que mirar lo que pasó en Villa Gesell: esa desinhibición que produce el alcohol genera casos de violencia. Nos rasgamos las vestiduras discutiendo marihuana, discutiendo cocaína. Son drogas que ya tienden a desaparecer por una cuestión económica: la aparición en escena de las drogas de síntesis viene a resolver un montón de problemas que tienen las drogas naturales. —¿Rosario puede anticipar que Argentina sufra lo que  Colombia y México sufren  por el narcotráfico? —El problema surge de la manera con que los países se adhirieron a un sistema que propuso Estados Unidos sobre el combate a la droga. Comienza a partir del año 1980, con Richard Nixon, cuando declaró que el enemigo número uno de Estados Unidos era la droga. A partir de ahí nace la hipótesis de la necesidad de una confrontación abierta. 

Usted dijo que mano dura es diferente de mano descontrolada. ¿Hubo descontrol con Patricia Bullrich?

—Patricia Bullrich no tuvo ni mando ni control. El mando es una potestad unipersonal que tiene que ver con un montón de atribuciones de aquel que conduce. No tiene nada que ver con el comando, que es pluripersonal, que son las actividades que garantizan que el mando se ejecute. El control tiene que ver con la capacidad de generar acciones para que esa verticalidad y ese orden no salgan de su contexto.

—Usted dijo: “Si yo era ministro de Seguridad, a Santiago Maldonado no le hubiese sucedido lo que le pasó”.

No tengo ninguna duda. Y lo afirmo con total y absoluta honestidad intelectual. Nunca dudé de que a Maldonado lo íbamos a encontrar en el río, nunca dudé. Nunca dudé de que la Gendarmería podría haber hecho una desaparición forzada de Maldonado.

—¿Nunca dudó de que la Gendarmería podría hacer desaparecer a una persona?

—Nunca. Lo dije siempre y me costó muchas discusiones. Lo digo por el conocimiento que tengo respecto al accionar de las fuerzas federales. Pero Maldonado muere por la acción incorrecta y antijurídica del accionar de la Gendarmería. Porque la Gendarmería ingresó a una propiedad privada sin una orden para hacerlo. A partir de allí está encuadrada en lo que jurídicamente se denomina nexo de conectividad. Si la Gendarmería no hubiera ingresado, Maldonado no hubiera intentado huir y no hubiera cruzado el río. Por lo tanto hay una responsabilidad recurrente.

  —También dijo: “Tuve que matar a bastantes delincuentes y nunca tuve problema”. ¿Cómo fue eso?

—No es grato hablar del tema; pero, ante ciertas situaciones como la toma de rehenes, uno tiene que tomar ciertas definiciones. Y a los jefes de operativo les doy órdenes claras. Para tomar semejantes definiciones hay que saber lo que se hace. Soy cirujano y le puedo asegurar que no hay peor cosa que abrir a una persona y operarla del corazón.

—¿Su primera relación con la muerte fue como médico?

—Tuve oportunidad de aprender mucho con el doctor René Favaloro. Cuando el doctor Favaloro trabajaba en el Sanatorio Güemes. De él tengo dos anécdotas que me marcaron. Lo más importante para un cirujano es saber lo que nunca debe hacer con un bisturí. Es lo mismo que ocurre con la policía. Cuando afirmamos la pertinencia de practicar tiro todos los días. La instrucción en un tiro es saber lo que nunca debe hacer un policía cuando saca la pistola y cuándo la debe sacar y cuándo nunca la debe sacar. Eso es la principal enseñanza que deja una práctica de tiro, cosa que se había dejado de hacer durante mucho tiempo y que ahora volvimos a empezar a revisar a partir de que Fabricaciones Militares nos empiece a entregar el millón y medio de municiones que necesitamos todos los meses para volver a capacitar a la policía. No solamente para que cuando tire pegue, sino para que nunca saque la pistola cuando no la tenga que sacar.

Fuente www.perfil.com