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Las voces que hoy predominan durante la pandemia

El oligárquico perfil de los decisores

En un mundo repleto de temores la sociedad ha delegado en un minúsculo grupo de dirigentes el monopolio de las definiciones. Evaluar las características de esos personajes permite entender mejor lo que esta sucediendo.

Hace pocas semanas se planteó que el coronavirus no pondría a prueba a los sistemas sanitarios ya que todos invariablemente colapsarían de alguna manera. Decía que lo que estará en juego es la calidad de los liderazgos.
 
Bajo ese paradigma, la política tomó la posta y se dedicó a instaurar diferentes alternativas generando opinables resultados. Las formas de gobierno exhibieron sus variantes quedando al desnudo todas sus falencias.
 
A medida que los números se conocían irrumpía el pánico, iniciando un derrotero secuencial que arrancó con mucha negación, pasó luego por la fase del enojo hasta que empezó a aparecer la aceptación de la flamante realidad y la imprescindible adaptación a las nuevas reglas de convivencia.
 
Muchos creyeron que este era el fin de la existencia humana y que había llegado la hora. Los miles de muertos, los hospitales superados, las fosas comunes brindaron una dantesca escena que puede asustar a cualquiera.
 
Si bien se sabe poco sobre el COVID-19, a estas alturas se puede confirmar que su letalidad no es de las peores que ha conocido la humanidad y que su capacidad de contagio es lo realmente temible de su accionar.
 
Algunos ya señalan que ciertas determinaciones y su abordaje concreto carecen de sentido común y que su proporcionalidad no resiste el mas mínimo análisis. El remedio nunca puede ser peor que la enfermedad.
 
Entendiendo que las cifras más catastróficas incluidas las dramáticas proyecciones de los observadores mas pesimistas jamás pusieron en jaque a la civilización, cabe preguntarse porque los que conducen los países seleccionaron un arsenal de resoluciones de semejante magnitud.
 
No se trata de poner en tela de juicio el criterio general de cuidar la salud, sino de ponderar equilibradamente los costos implícitos que nadie desea abordar de un modo inteligente sin caer en la tentación de la simplificación.
 
Se ha debatido durante décadas sobre el supuesto peso específico de las corporaciones empresariales y su vínculo con la política, lo concreto es que muchas gigantescas compañías pueden quebrar o sufrir enormes perdidas.
 
Muy por el contrario, todos los gobiernos del globo, aun diezmados de recursos, siguen concentrando fuertemente el mando y su supremacía no parece retroceder bajo circunstancia alguna.
 
Es momento de admitir que las sociedades son gobernadas por verdaderas camarillas que tienen la posibilidad de avanzar sobre todo y que invariablemente están conformadas por un reducido círculo de privilegiados.
 
En este contexto han tomado las riendas del asunto, pero no lo han hecho considerando la información clave, sino asumiendo fundamentalmente su rol de políticos, es decir priorizando su papel de cazadores de votos.
 
Un político, y su facción, sobreviven en sus funciones en la medida que la cantidad de votantes que lo apoyan explícitamente lo legitiman en su cargo y convalidan ese acompañamiento en cada proceso electoral.
 
En la casta política sus miembros gozan de ingresos declarados bastante significativos. Ya sea que su patrimonio haya sido previo a ocupar posiciones relevantes o que se derive directamente de los puestos ejercidos, se trata casi siempre de personas que no conviven con privaciones.
 
Los famosos “entornos”, esos infaltables influyentes que rondan los pasillos de las oficinas públicas y forman parte de la “mesa chica” que rodea al poderoso de turno, pertenecen al mismo sector socio económico.
 
Ellos, tienen los mismos miedos que cualquier mortal, pero a diferencia del resto disponen de la cuestionable potestad de modificar la dinámica de la totalidad de la comunidad en la que se desenvuelven.
 
Su patrimonio no está en riesgo, sus ahorros acumulados son suficientes para resistir varios meses. Hasta es probable que puedan perdurar años sin cobrar un solo centavo sin que eso altere un ápice su estándar tradicional.
 
Como agravante adicional, están dispuestos a dilapidar todos los bienes del Estado en esta transición y, si fuera necesario, también a endeudarse hasta el infinito por varias generaciones si su convicción así lo establece.
 
Sin embargo, con bastante cinismo, arengan vehementemente a los ciudadanos diciéndoles en cada jornada y sin autoridad moral alguna, que deben resistir y que la vida siempre importa mucho mas que la economía. Claro que no hablan de su situación, sino de las de los demás.
 
A Thomas Sowel se le atribuye una frase que encaja perfectamente en esta coyuntura cuando afirma que “es difícil imaginar una forma mas estúpida y peligrosa de decidir que poner esas decisiones en manos de gente que no paga ningún precio por estar equivocado”.
 
Vienen recitando que en el naufragio nadie debe cuestionar al capitán. Paradójicamente lo dicen quienes ostentan ese lugar haciendo gala de una hipocresía y arrogancia casi sin limites y ausente de pudor alguno.
 
Este triste presente muestra despiadadamente, que el sistema de representación precisa de una urgente revisión y que transferir el poder ciegamente a una oligarquía es una aventura, al menos, desmedida.
 
El planeta atraviesa una eventualidad sin precedentes. El terror le ha ganado a la racionalidad y las consecuencias no las pagarán los que deciden sino los que han sido mansamente funcionales a este delirio.
 
 
 
 
Alberto Medina Méndez
 
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