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En la tierra del pan hace falta trabajo

No necesitamos recordar la fecundidad del suelo que habitamos y menos aún cuantos argentinos son necesarios para cultivar los ramilletes de espigas de trigo que acompañan las estampitas de San Cayetano cada 7 de agosto. Quizás debamos revisar si nuestra invocación al Santo protector la hacemos en el orden correcto. Pareciera que al Patrono "del Pan y el Trabajo" le pedimos primero el resultado y después, si queda tiempo, efectuamos el esfuerzo necesario para conseguirlo.

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Luego de la breve autocrítica, convengamos que han sido muchas las promesas que escuchamos en las últimas décadas. Desde la "revolución productiva" a los "brotes verdes" pero seguimos encerrados en las frías estadísticas a las que los gobernantes de turno no han sabido, o no han querido, darle calor humano.

En el siglo XXI todavía debatimos si la educación y el trabajo son importantes para el desarrollo de las personas. Además, conservamos sospechas de la existencia de sociedades políticas que, en la letra chica de sus plataformas, sostendrían que esos objetivos son peligrosos para sus intereses sectoriales.

Vivimos en una ciudad y una región con variedad de universidades (pública y privada) donde las carreras elegidas siguen siendo las tradicionales. Aquellas que ofrecen una salida laboral para ser absorbida por el estado o que al egresado le permita vivir en los centros urbanos. Solo debemos recordar que el campo necesita mano de obra especializada para manejar la tecnología que hoy tiene la maquinaria agrícola.

En medio de la dificultades (pre y post – pandemia), observo hace un tiempo que muchas personas han naturalizado el trabajo ilegal como el mas honrado que la divinidad les haya regalado. No son pocos los ejemplos que podemos encontrar. Desde padres hasta familias que se exhiben, en los medios de comunicación, mostrando las bondades de una "fuente laboral" dedicada a delitos menores, al narcotráfico o al contrabando. Los argumentos son variados. Desde "el único trabajo que encontramos" hasta quienes en un momento de sinceridad (socialmente incorrecta) reconocen haber hallado "la fuente de riqueza más fácil que los juegos de azar". Muy entre paréntesis cabe preguntarnos: ¿será cierta la leyenda urbana que afirma la existencia de "santos" que protegen las fechorías de estos "trabajadores"?

Dentro de las afirmaciones de quienes fácilmente levantan el dedo acusador, hay otra a la que me resisto a darle validez, aunque a veces la realidad pareciera darle la razón. Es aquella que expresa que hay personas que buscan vivir de limosnas y se acostumbran a hacerlo de las dádivas del Estado. Por ello, otra parte de la sociedad repite algunas palabras o frases  como: "planero" o "se embarazan para cobrar de arriba". De todas formas, somos nosotros quienes debemos evitar ser "rehenes" de los funcionarios de turno que para no abandonar sus cómodos sillones siembran dádivas para cosechar votos. Los planes sociales deben ser el puntapié para el despegue de nuestros objetivos individuales y colectivos que nos evite quedar atrapados en la modorra de una siesta. Por eso debemos reclamarle al estado que cumpla y haga cumplir los objetivos de su administración y no "olvidarlos" por la proximidad de una elección. Cabe recordar que asistimos a un tiempo en el que varias generaciones no tienen el ejemplo de cumplir con las obligaciones de un trabajo modelo.

El debate para fomentar puestos laborales debe estar despojado de ideologías y colores políticos. Solo como muestra, no comparto la frase: "el trabajo dignifica al hombre". Soy un convencido que la dignidad no se pierde o se gana con trabajo sino que pertenece a la condición humana. No creo que haya persona que se niegue a trabajar,  aunque las reglas suelen tener sus excepciones.

En cambio, considero que hay dos situaciones que carcomen los objetivos de ser mano de obra o generador de fuentes de trabajo, y son: la precariedad laboral y la presión impositiva. Empleado y empleador son víctimas de la falta de resolución de estas cuestiones por parte de los gobiernos de turno. Ningún trabajador tiene como objetivo "quedar prisionero del látigo" de la patronal y esta última no merece "ser exprimida" por los organismos recaudadores (AFIP y/o Rentas provinciales y municipales). El primero requiere estabilidad y salario adecuado sin temores a viejos fantasmas como los de una "flexibilización laboral". Y el segundo, necesita un régimen simplificado, principalmente destinado a las Pymes,  porque son víctimas de un mercado corporativo y estados (Nacional, provinciales y municipales) que las obliga a dilapidar su tiempo en la gestión de trámites burocráticos que demandan profesionales que no contribuyen en la producción directa del emprendimiento. Como ejemplo cito a los productores agropecuarios o pequeños comerciantes que deben atravesar controles que desvanecen las ganas de incorporar personal.

El párrafo anterior debemos lograrlo sin necesidad de retroceder en las conquistas laborales evitando el otro extremo que nos lleva a caminar y vestirnos con productos fabricados en países como China pero comercializados por marcas insignias del más rancio capitalismo. Esas marcas "contribuyen" con los gobernantes de esas naciones a cambio de la explotación de los trabajadores y habitantes en general.  

También pongamos énfasis en una realidad que nos golpea hace mucho tiempo. Los trabajadores se han vuelto descartables por la edad o por abuso de la legislación laboral. Cumplida determinada cantidad de años no se puede conseguir trabajo o, en el mejor de los casos, previamente son sometidos a extensos periodos de prueba que concluyen con un despido. Esta última situación tampoco es ajena a los jóvenes contratados por grandes superficies laborales (con origen local o extranjero),  luciendo chaquetas con la inscripción "personal en entrenamiento". ¿Será que tanta mala suerte tiene ese empleador por no logra conseguir el trabajador adecuado? Si fuese creación genuina de trabajo (esa persona termina incorporada al circuito laboral) serían desmentidas las estadísticas que hace décadas nos advierten sobre una elevada tasa de desempleo. Sin dejar de recordar que las mismas no reflejan la realidad ya que considera trabajador a quien haya buscado empleo en los últimos tiempos sin importar el resultado obtenido.

También hay que revisar el rol sindical, o para ser más precisos, el de los sindicalistas de turno, que en no pocos casos, son casi eternos en sus espacios. A nadie sorprende la existencia de dirigentes gremiales con abundantes patrimonios personales y familiares olvidando que deben ser celosos protectores de sus representados.  

Por todo lo expuesto, no debemos perder la esperanza (aunque algún actor de T.V. lo haga al fusionar su realidad personal y sus convicciones políticas) para alcanzar la salud laboral que aún es esquiva a nuestro país. 

Tampoco nos tiene que asustar la robotización de la producción aunque alguien buscó hacerlo con la publicación de un libro que podría estar promocionado por mezquinos intereses de quienes prefieren contratar fríos aparatos antes que el "complejo" ser humano. Soy un convencido, y lo dicen reconocidos neurólogos, que la inteligencia artificial esta muy lejos de alcanzar los niveles de la inteligencia humana. La máquina seguirá necesitando del hombre para ser accionada. Necesitamos el consejo de un psicólogo, para una conclusión correcta, pero pareciera ser el "cuco" del que dispone la patronal cuando le cuesta manejar las relaciones humanas.

Para cerrar siendo autocríticos, aunque nos cueste serlo, no dejemos de observar que muchas veces damos menos de lo que reclamamos y necesitamos capacitarnos periódicamente para estar en armonía con los tiempos que vivimos.

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Opinión Carlos Bramante