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El recuerdo de Diego

Maradona en Corrientes: El "Encuentro con el demiurgo"

Diego Maradona recibe corta del negro Héctor Enrique. “Le di un pase que lo dejé sólo”, dijo Enrique con tono a humorada. Se jugaba en campo albiceleste. Argentina le ganaba 1 a 0 a Inglaterra. Corrían 55 minutos del segundo tiempo de aquel partido, que por los cuartos de final del mundial de fútbol México 86, se disputaba en el estadio Azteca del Distrito Federal, el 22 de junio de aquel año.

La foto de Walter (Izquierda) y "Keko" (derecha) con Maradona

Maradona hacía la finta dejando desairados a Hoddle y Reid, y encaraba con pelota dominada hacia el arco inglés.

De Maradona supe en 1979. Aquel famoso salto, inmortalizado en las fotos, con un puño cerrado y en alto tras un gol a Resto del Mundo en un partido que la selección nacional terminó perdiendo 2 a 1, como festejo aniversario de la obtención del mundial 78.

Ese mismo año en Japón fue campeón mundial juvenil, jugando un fútbol de superlativo nivel.

Como riverplantese lo sufrí el 10 de abril de 1981. Aquel día Boca bailó a River Plate en la Bombonera, y Maradona ratificó su condición de supremo, de barrilete cósmico, de ser el mejor; al piso los desparramó al pato Ubaldo Matildo Fillol y al conejo Alberto Tarantini, después de dejarlo lejos al gran capitán Daniel Pasarella. No había con que darle, ni mucho menos, detenerlo.

Me acuerdo de aquella noche. Estaba yo en una joda con mis amigos en la heladería de los Girard, frente a la plaza San Martín, en la ciudad de Alvear, Corrientes. Era una más de las frecuentes fiestas que teníamos, a la canasta.

Cursábamos el séptimo grado en la escuela 123. Las mujeres la comida, y los hombres la bebida. Un mandato de aquellos tiempos. En el medio un helado que se me derretía al no comerlo. Aturdido, como incrédulo, desbastado y hasta ya impávido, viendo aquellas jugadas de un televisor, en blanco y negro, con imágenes contaminadas por las interferencias ya que la señal venía por aire desde un canal de Posadas; la crema al derretirse endulzaba una de mis manos al no probar el picolé ante semejante espectáculo maradoneano.

Volviendo al 86, después de dejar atrás a Hoddle y Reid, Maradona hizo comer uno de sus amagues a Sanson y puso quinta en diagonal hacia la lengua del área de Inglaterra.

Recordando aquel día, me veo, en paralelo con la corrida de Maradona, parándome inclinado hacia el televisor en una inercia típica de un espectador futbolero que observa compenetrándose en el partido como si su fuerza impactara en las jugadas.

En 1994 le cortaron las piernas, pero también, en octubre, le abrieron las puertas de Corrientes para que se transforme en director técnico del Deportivo Mandiyu. Toda una conmoción en suelo correntino.

Cursaba el primer año de la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), con sede en la ciudad de Corrientes y en las aulas prestadas por la escuela Sarmiento, en la calle Buenos Aires, frente a la plaza de la Revolución 25 de Mayo, y en diagonal con la iglesia La Merced.

La novedad desconcentró por completo. “La nota es una entrevista a Maradona”, fue la consigna-objetivo, que no perseguía otra meta que el cholulismo de estar cerca de quien es considerado el mejor jugador del fútbol mundial.

En ese tren nos embarcamos con Ignacio Araujo alías Keco, Gustavo Lescano, Abel Fleita, Omar Pitty Benítez, Javier Aguirre, Diego Gonzalez, el sapo Javier Gonzalez Saporitti y otros más. Por aquel entonces alumnos del aula de 1º “A” de la escuela de Comunicación. De inmediato, definido el plan para ir en patota al encuentro del 10, le preguntamos y pedimos ayuda al profesor de taller de redacción periodística y entonces periodista de El Diario de Corrientes, Daniel Wasmer.

Riguroso profesor, exigente, técnicamente de excelente nivel, el docente, también futbolero y bostero, nos derivó con los integrantes del staff de la sección deportiva del diario. “Ellos van a cubrir el entrenamiento de Mandiyú, quizás les puedan llevar”, nos dijo y así fuimos hasta la redacción, por la calle San Juan, a pedirles que nos lleven.

“No hay lugar”, fue la respuesta. El Deportivo Mandiyú tiene un campo deportivo camino al Perichón, cerca del control policial Nº1, pasando el aeropuerto Cambá Punta, en las afueras de la ciudad de Corrientes.

Aquella corrida de Maradona en el Azteca iba a encontrar el obstáculo del defensor Butcher, pero finalmente el paredón no fue tal y el capitán del seleccionado argentino lo gambeteó y se abrió hacia la derecha, pero siempre en dirección al área rival.

El plan “B” para ir a ver a Maradona surgió rápidamente entre aquel grupo de estudiantes. Teníamos que tomar el colectivo que prestaba el servicio de transporte de pasajeros desde la ciudad de Corrientes hasta la localidad de Santa Ana. Había una parada justo en donde el ómnibus abandonaba la ruta Nacional Nº12 para tomar la vía hacía el pueblo. Había que bajarse allí y caminar hasta el predio de Mandiyú. Después, para retornar al centro, había que volver desandando este camino y tomar en el mismo lugar, pero en sentido contrario.

“De acuerdo, dale, hecho”, se afirmó y se convino el viaje. Pero, de la totalidad del grupo, solo quedamos Javier Aguirre, Keco y yo. “¿Tenes cámara de fotos, yo tengo grabador”, dijo Keco. “Sí tengo, llevo yo la cámara”, garantizó Javier.

Así fue como pagamos boleto en el puerto, conseguimos asiento y empezamos el recorrido hacia Maradona, en una de las tardes de aquel octubre del 94.

El viaje avanzaba, lento, lechero, pero motorizaba a velocidad luz la ansiedad y emoción. Tantos años uno volvía interiormente sabiendo que iba a verlo en persona, de cerca, a Maradona. Se trata de esa valoración que hace el futbolero y que sólo él la dimensiona en su justa medida.

Atrás Butcher y Fenwick, con estéticos movimientos, pelota dominada, cabeza arriba y velocidad superior a sus rivales (“yo venía a 100 por hora”, dijo el 10), Maradona ya tenía de frente al portero Shilton. Pero de atrás lo seguían corriendo Butcher y Fenwick. Pintaba una gran definición, aunque en el fútbol, hasta que la pelota no golpee la red, todo puede pasar.

Bajamos en la parada. Empezamos a practicar miles de justificaciones y argumentos para hacernos pasar por periodistas. Para que los del control de portería nos dejen pasar. Estábamos nerviosos, y la posibilidad de un hipotético rechazo en el portal de acceso al club nos angustiaba.

Pero llegamos y las tranqueras estaban cerradas sin vigías. Dudé, Javier dijo está cerrado dejando entrever una media vuelta. A lo lejos se veían camisetas y pecheras verdes corriendo en figuras humanas. Keco dijo “vamos”, y como si estuviese en su Santo Tomé, Corrientes, abrió las tranqueras, nos obligó a pasar y las volvió a cerrar.

Ya no había impedimento. Entre pasos rápidos y corridas llegamos muy cerca de todo. Sergio Goichochea, los jugadores de Mandiyú, los periodistas que nos dijeron que no tenían lugar en su vehículo, Carlos Fren, y Maradona. Una gran emoción.

Si bien lo vi en vivo, jugando para la selección, en 1987, en un partido que fuimos a ver con Jorge López, por la Copa América, perdiendo contra Uruguay 1 a 0 en River, y a fin de ese año, en Vélez, ahora sí ganando con la albiceleste, 1 a 0, a la Alemania dirigida por Beckenbauer, esta vez no era lo mismo.

Allí estaba Maradona. Al alcance de expresarle la gratitud por su fútbol, por las emociones que como futbolero recibí.

La práctica de Mandiyú llegó a su fin. Se hacía tarde noche en Corrientes. “¡Vamos!”, volvió a ordenarnos Keco, rompiendo a la timidez que teníamos con Javier, y fuimos al encuentro.

Keco peló el grabador y puso play; Javier sacó su máquina a rollo, con un cuadradito en la parte superior que era el flash, y yo me despojé de toda responsabilidad e hice de cholulo total.

Me acorde de mi amiga y compañera de estudios aquel año, Jorgelina Bennesch, a ella siempre le comentaba mi crítica a los colegas periodistas que ante Maradona apelaban a la muletilla: “Diego…Diego..Diego..”. ¿Y saben qué?, al verlo, al tenerlo en frente, lo primero que le dije fue “Diego…Diego…”.

Keco y yo lo saludamos. Maradona se mostró como siempre ante los asaltos. Antipático. Pero después bajó la guarda, y al escucharnos, con tonada local y sin apurarlo se prestó al diálogo cordial mientras caminábamos hacia la zona de vestuarios.

Javier sacaba fotos, aunque de aquella experiencia sólo hay una. Keco hizo la nota que no sé si salió en algún lado, si fue publicada, y desconozco si todavía existe la cinta con ese diálogo.

Meses atrás Jorge Simon estuvo en la bicicleteria del Tolo, papá de Keco, en Santo Tomé y vio la foto colgada en una pared. Le tomó una fotografía y le dio vida más allá de aquel lugar de culto, la viralizó difundiéndola.

“Esa noche no pude dormir en la pensión de la calle misiones de Pepe, donde vía en Corrientes. Se me cruzaban imágenes en la cabeza de la primera vez que lo vi en el álbum de Coca Cola; del gol a los ingleses; de la gambeta a Fillol. Todo eso pensaba esa noche cuando volví, y quería contarles a todo el mundo que el Diego me respondió un par de preguntas en el sueño de ser periodista”, desembuchó el emocionado Keco años después de aquel viaje hasta el Perichón.

Podíamos volver corriendo desde el campo deportivo de Mandiyú hasta el centro de la ciudad de Corrientes. La adrenalina nos convirtió en superhombres. Cumplimos el sueño.

Ocho años antes, en aquel partido tan especial contra los ingleses, a los 66 minutos del match llegó el momento de la definición. “Genio, genio, genio, ta-ta-ta-ta gollll…barrilete cósmico…de qué planeta viniste”, propalaba por radio a todo el mundo Víctor Hugo.

Cuando salió a cubrirlo Shilton, Maradona dijo que recordó a uno de sus hermanos que le había observado un yerro, años antes también contra Inglaterra, en una acción parecida cuando Diego tocó a un costado del arquero y la pelota se fue afuera. “Debiste enganchar, gambetearlo, y ahí definir…”, le dijo el familiar.

Esta vez Diego, según comentó después, hizo caso a su hermano y enganchó, quedó fuera de acción el arquero, “despatarrado” (según definió el mismísimo goleador), y tampoco llegó el defensor. 2 a 0, para un gol memorable y síntesis de la carrera del 10.

Fue una corrida de 11 segundos; 40 pasos, 6 rivales eludidos (Hoddle, Reid, Sansom, Butcher, Fenwick y Shilton); 68 metros, ante 115 mil espectadores en el estadio mexicano, a los 66 minutos del partido que terminó 2 a 1 con victoria argentina.

Junto a Keco y Javier, puedo decir, puedo cantar como los tifosis napolitanos: “…ho visto Maradona, ho visto Maradona, eh mama…”

Maradona, Dios y Diablo al mismo tiempo; el único, original demiurgo.

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Diego Armando Maradona
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