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Columna de opinión

"…Me faltan monedas"

Es una frase de la que somos protagonistas o la escuchamos con frecuencia. Su recurrencia nos advierte que algo funciona mal. El estado no garantiza el flujo necesario o el propietario no hace el esfuerzo para tenerlas. En el medio hay víctimas enfrentadas. Fuimos testigos en La Dos del relato de un consumidor y el descargo de un cajero. Creemos que el empleado es responsable y solo es la cara visible. Queremos que sea intermediario de nuestro reclamo, pero termina perjudicado.

"Me faltan monedas" es una frase que escuchamos o pronunciamos sin importar el lugar del mostrador en el que nos encontremos. Una realidad que hace mucho tiempo forma parte del reclamo de consumidores y también de trabajadores. A todos nos cuesta conseguir el dinero necesario para llegar a fin de mes y por eso defendemos lo que es nuestro. Ocurre que, a veces, equivocamos el destinatario y no dimensionamos la magnitud del reclamo y sus consecuencias.

No se trata del monto sino del gesto por el cual nos falta ese dinero metálico. Además, desconocemos si alguna fuerza extraña del universo las atrae a un lugar secreto o simplemente no existen. Nuestro enojo de consumidor comienza cuando esa conducta comercial se vuelve repetitiva y afecta nuestro patrimonio. Incluso, llegamos a pensar que "contribuye" al de quienes flaco favor nos hacen con aumentos constantes y, no pocas veces, especulativos.

No se trata de un reclamo dirigido al cajero sino al que desde las sombras ejecutaría la medida que termina "podando" nuestros bolsillos. Nos parece que hay propietarios, o gerentes, a quienes resulta más fácil entregar un vale o un saquito de té en lugar del vuelto en dinero legal. Además, tenemos la impresión que se benefician de "la ley del menor esfuerzo" y nos queda la duda sobre el resultado de una ecuación que pareciera aportar ganancias, aunque más no sea, a la caja chica.

Allí aparece en escena nuestra actitud de buenos consumidores y comenzamos a reclamar lo que nos pertenece. La devaluación trajo consigo monedas de hasta 10 Pesos. En los últimos tiempos se agudizó la escasez de las de mínima denominación, ya sean las de 10 o 50 centavos e incluso las de 1 y 2 Pesos. Desde ese momento comenzamos a sopesar el valor del vuelto que dejamos de recibir y nos propusimos efectuar el reclamo que evite sentirnos estafados.

Deberíamos sacar de discusión el valor real de las monedas para determinar la magnitud del delito: ¿se trata de una estafa económica o una estafa moral? ¿Cuál de las dos situaciones, o las dos por igual, nos afectan como consumidores?

Antes de sacar conclusiones resuena un interrogante en nuestras mentes, ¿las grandes superficies comerciales aceptarán que les digamos que nos faltan monedas para pagarles? Solo recordemos que se trata de una práctica habitual en el barrio. Los pequeños negocios nos fían hasta la próxima visita, aunque tienen en cuenta nuestro comportamiento de buen deudor.

Los consumidores asumimos nuestra responsabilidad que no necesita papel escrito y nos comprometemos a saldar nuestra deuda en la próxima compra. Compromiso que los grandes locales no asumen al entregarnos un vale o un producto que no podemos canjear por su valor monetario. Da la impresión que terminan generando un "mercado cautivo" obligándonos a comprar en el mismo lugar. Solo guardando los saquitos de hierbas medicinales tendría resuelta mis futuras dolencias gastrointestinales.

Algunos estudios realizados dan cuenta de las ganancias generadas por la ausencia de cambio en las cajas. Estos dieron lugar a la Ley Nº 22.802 llamada de Lealtad Comercial y conocida habitualmente como "ley del redondeo". Una normativa que la inflación dejó en desuso al referirse a diferencias de 5 centavos.

En el título de la normativa encontramos una definición vulnerada por los propietarios de comercios que no entregan el vuelto a sus clientes. Sentimos quebrada la lealtad comercial que mutuamente nos debemos compradores y vendedores. Por ello, reaccionamos, y a veces, desproporcionadamente errando el destinatario del reclamo.

Nos dirigimos intempestivamente a la persona del cajero/a porque suponemos que se quedará con nuestro vuelto. Es cierto que, mas allá de su denominación legal, el dinero tiene tantas valoraciones como seres humanos existen. Depende de cada persona y, a veces sin importar que sea adinerada o no, para que reclame las "benditas" monedas.

Allí comienza el peregrinar de otro de los actores desprotegidos de esta historia: los cajeros. Cuando llega el momento del arqueo de caja deberá responder por el faltante. Ocurre frecuentemente y, en nuestro medio, solo tenemos que conversar con ellos para saber que sufrieron descuentos salariales u otras sanciones laborales.

La ausencia del vuelto no amerita una respuesta irrespetuosa. De todas formas, muchas veces, es la consecuencia del error que cometemos al elegir el destinatario de nuestro reclamo. La vehemencia de nuestras palabras, y/o actos, se convierten en insulto para quien cumple responsablemente su trabajo. Ese empleado espera volver a su hogar tras cumplir las órdenes del empleador. Además, en tiempos de coronavirus, esta obligado a ser custodio de protocolos sanitarios que permitan una estadía segura dentro del local. Sin olvidar nuestra irresponsabilidad al violentar el distanciamiento social.

¿Porque el libro de quejas está guardado bajo "siete llaves" al momento de ejercer nuestro derecho de consumidor? Conseguirlo se vuelve un trámite engorroso que demanda tiempo del que no disponemos y tampoco necesitamos usarlo en una simple compra. ¿Será por eso que abreviamos el reclamo y descargamos nuestra bronca sobre el trabajador? Allí nos equivocamos. Ese énfasis debería servir para reclamar a las autoridades de contralor, llámese oficina de Comercio o Defensa del Consumidor. Estas deberían controlar la exhibición en lugares visibles y a rápida disposición del cliente. Y, solo como recordatorio, cabe pedirles a las autoridades que envíen periódicamente inspectores que verifiquen las novedades y apliquen las sanciones correspondientes. Caso contrario no tendrá efecto la medida y seguiremos expuestos a los abusos.

En los tiempos de la comunicación virtual pareciera arcaica la propuesta del libro de quejas. El objetivo es evitar la "inversión" en plataformas digitales mientras el estado y el sector privado necesitan redireccionar fondos a motivos más importantes. Si están disponibles los canales virtuales no los desaprovechemos. 

También hay una responsabilidad sindical que no puede abandonar a sus representados. Debe acompañarlos y reclamar condiciones de trabajo que eviten riesgos para su estabilidad laboral o afecten la salud del trabajador.

Además, me parece interesante proponer capacitaciones a empleados de comercio destinadas a saber manejar las controversias. Soy crítico de la actitud desaprensiva de cajeros y cajeras con productos adquiridos y, mas aún, cuando recibo respuestas carentes de amabilidad. 

Muchas veces resalté la atención en locales de Resistencia sobre la de Corrientes. Tampoco se trata de fomentar la "emigración de consumidores", menos aún en tiempos de Covid-19 y puente restringido. Tendría consecuencias negativas para nuestros comerciantes y solo ocasionaría más locales cerrados. Tengamos en cuenta que los empleados de comercio forman la primera fuerza laboral privada de la provincia y no están en condiciones de sufrir más despidos

También propongo a las autoridades políticas y económicas que reclamen al Banco Central o la Casa de la Moneda el stock necesario de dinero metálico. Además, solicito a los legisladores, la actualización de la ley de redondeo. El pesimismo me invade y temo que ambas propuestas caigan en la burocracia del estado.

Por lo anterior, propongo una solución más sencilla que la pueden poner en práctica los propietarios de comercios: redondeo de sus precios. Es cierto que resulta atractivo colocar 99 centavos antes que 1 Peso. Señores: solo nos trae dolores de cabeza a consumidores y trabajadores. Ustedes lo resuelven de maneras mas sencillas, pero, en el medio, quedamos enfrentados los mas indefensos. En sus manos esta la oportunidad de aportar una solución para garantizar la paz entre clientes y cajeros. Veinte productos a $0.99 equivalen a $19,80. veinte centavos de vuelto que solo sirven para desatar un conflicto.

Quiero considerar erróneo el pensamiento popular cuando sostiene que "el descuento al personal o la suspensión laboral sería más favorable a sus intereses". De esa forma, estaríamos en presencia de nuevos, y más graves, delitos cometidos contra la legislación vigente.

Por último, los consumidores también podemos aportar nuestro granito de arena. Tendremos que aprender a enfocar el destinatario correcto de nuestro reclamo. De esa forma, vamos a evitar que ocurra lo que tanto nos molestaría a cualquiera de nosotros: "…que el hilo se corte por lo mas delgado". Defendamos nuestros derechos sin perjudicar a los trabajadores. Exijamos a los verdaderos responsables el cumplimento de la lealtad comercial que nos merecemos todos. 

P.D.: empleados de comercio no olviden que la frase "gracias por su compra" y un saludo amable suenan como dulce melodía invitándonos a volver.   

 

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Opinión Carlos Bramante