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Reflexión de monseñor Stanovnik para la Navidad 2018

Por Monseñor Stanovnik  
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Nacer y morir son dos momentos de la vida que nos toca vivir a todos. Pero no todos lo viven bien. Se aprende a nacer y se aprende a morir. Esa sabiduría la aprendemos de Dios, que nos creó por amor y nos redimió con su misericordia. El misterio de la Navidad, que nos recuerda el nacimiento del Hijo de Dios, tiene algo de renuncia, de abandono, de muerte, y de vida plena y gozosa al mismo tiempo. Por eso, la Navidad y la Pascua, están íntimamente emparentadas en el paso de la muerte a la vida. El secreto está en descubrir que Dios hizo y continúa haciendo ese camino con nosotros, aun cuando no le correspondamos como él se merece. Pero para el que descubre la cercanía amorosa de Dios, y se anima a morir y a renacer con él, se libera de todas las angustias y tristezas, y se abre a la alegría y a la paz, sin las cuales es imposible construir vínculos duraderos entre las personas.

Una mujer que había tenido siete hijos fue abandonada por su esposo. Ella los fue criando sola y con mucho sacrificio. El esposo se dedicó a una vida de placeres y vicios, hasta que envejeció y cayó enfermo. Un día golpea la puerta de su casa, su esposa le abre, lo hace pasar y se desvive cuidándolo varios años hasta su muerte. El hombre lloró lágrimas de arrepentimiento y gratitud hasta el final de su vida. La reacción de los hijos ante la decisión que tomó su madre, fue diversa. La hija mayor, cuando su padre regresó, no soportó su presencia, criticó duramente la decisión de su madre y se fue de su casa. Reacciones similares y otras menos duras tuvieron los demás hijos. ¿Cómo calificaríamos nosotros el modo de proceder de esta esposa? ¿Qué juicio nos merece la hija mayor?
El ejemplo de esta mujer nos puede ayudar a entender cómo actúa Dios Padre ante la ingratitud de sus hijos. La respuesta de Dios al pecado de los hombres, fue el nacimiento de su Hijo en la humildad de nuestra carne y, en continuidad, su pasión, muerte y resurrección. Jesús no se vengó de lo que le hicieron. La venganza no sirve para nada, es un espejismo que engaña, confunde y complica todo. La respuesta más eficaz y duradera al mal, es el bien; al odio, el amor; al desagradecimiento, la gratitud; a la ofensa, el perdón. En esto consistió la respuesta de Dios a la ingratitud de los hombres, tan profundamente testimoniada por la mujer que recibió y cuidó con amor a su desagradecido esposo.

Otro caso que nos puede ayudar a comprender la profundidad del amor de Dios por nosotros es un hijo con capacidades especiales, cuando sus padres lo cuidan y se desviven por él. Ellos saben que esa criatura jamás alcanzará ese nivel madurativo que le permita comunicarse con ellos, como lo habían imaginado cuando se enteraron que iban a tener un hijo. Sin embargo, impacta profundamente ver que, a pesar de que no se cumplirían sus sueños, rodean de tiernos cuidados al fruto de sus entrañas. Sus ojos tienen un hermoso brillo de emoción cuando hablan de ese hijo suyo. En esos destellos se refleja la ternura de Dios, paciente y cercano a nosotros, que no cesa de amarnos aun cuando nosotros no le correspondamos como debiéramos.

Esos testimonios de amor extremo, que es el único verdadero, nos pueden ayudar a entender el nacimiento de Dios entre los hombres, relatado con una sencillez, realismo y profundidad que asombran: “Mientras se encontraban [José y María] en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue” (Mt 2,6-7). Solo alguien que confía hasta ese extremo se anima a arriesgar todo. Ese paso que realizó Dios para relacionarse con nosotros, revoluciona todos los vínculos humanos. Ese modo de acercarse nos enseña que la ternura y la paciencia son dos componentes esenciales e inseparables para fundar sobre bases sólidas el anhelado encuentro que buscamos los seres humanos.

A la luz de esa única y original escena, que Dios llevó a cabo cuando decidió que era el tiempo de asumir nuestra condición humana y hacerlo de ese modo inédito y sorprendente, los invito a leer el párrafo que encontramos en la carta programática del pontificado del papa Francisco: “El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. (…) La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (Evangelii gaudium, n. 88).

Ahora bien, para comprender mejor aún ese modo revolucionario que el Evangelio nos propone para tratarnos entre nosotros, contemplemos a aquel Hijo primogénito a quien su madre había envuelto en pañales, colgado en la cruz, a cuyos pies estaba María, su Madre y algunos otros (cf. Jn 19,25). Es una escena que nos deja atónitos, cuando de su boca escuchamos decir solo palabras de amor y de perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). La cercanía y paciencia de Dios no se quebró en ningún momento; de las entrañas de Dios no desapareció la ternura, aun en los momentos más aciagos y oscuros cuando toda la suciedad del mundo se descargó sobre él. Es realmente impresionante la misericordia y la ternura de Dios hecha de fidelidad cercana y paciente hacia todos los hombres y mujeres, sin distinción ni exclusiones. San Pablo, meditando sobre este maravilloso misterio, dice que “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuanto todavía éramos pecadores” (Rm 5,8). En el misterio de la Encarnación y la Pascua, Jesús nos muestra cuál es el camino para establecer vínculos seguros, profundos y plenos con él, entre nosotros y con las cosas.

“Sos lo que regalás”, dice una propaganda. Si esa frase se la aplicáramos a Dios, nos encontraríamos con un Dios genial y, aprenderíamos de él que el mejor regalo es darse a sí mismo, sin esperar nada a cambio. En esto consiste el amor cristiano y la promesa de felicidad que leemos en las Bienaventuranzas. Pero una sociedad fundada en el consumo, te engaña comparándote con cosas: cuánto más caro, más original, y generalmente innecesario, es el regalo objeto, sos más o sos menos, depende de lo que regalás. El hermoso y profundo misterio de la Navidad nos devuelve a lo esencial y lo que más importa en la vida: Dios y el prójimo. Dos grandes horizontes que se alcanzan por el camino sencillo y humilde de estar cerca, escuchar y acompañar.

La pareja varón mujer, su natural tendencia a fundar la familia y, de un modo especial cuando es vivida como matrimonio cristiano, es el lugar privilegiado, insustituible y urgente hacia donde debemos dirigir los mayores esfuerzos para cuidarla y sostenerla, a fin de que sea una verdadera escuela donde experimentar el amor que contiene, ilumina y siembra esperanza. La fuente segura y luminosa para ello es Jesús, que asumió nuestra carne pecadora y la transformó en la cruz, dándonos una esperanza segura de vida y vida en abundancia, esa que todos anhelamos ansiosamente y tanto nos cuesta alcanzar.

Que la Navidad de este año nos lleve en dos direcciones, que siempre confluyen: la primera, hacia Dios que se hizo pequeño, cercano, tierno y paciente con nosotros; y la segunda, hacia los que más sufren, a los que no cuentan a los ojos de los demás y la sociedad desprecia y descarta. Hagamos gestos concretos de cercanía, ternura y paciencia hacia los que menos tienen, y compartamos con ellos lo que somos, en primer lugar, y también lo que tenemos. Y que nuestra tiernísima Madre de Itatí nos acompañe en el camino de hacer realidad la revolución de la ternura.

†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes

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