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LA PROXIMIDAD DE UNA ELECCIÓN GENERA INCERTIDUMBRE

El karma del corto plazo

La historia tiende a repetirse. Cambian los actores y también las singularidades, pero todo termina pareciéndose demasiado a lo que siempre sucede. Lo vertiginoso se impone ante lo importante y entonces se gira vanamente en círculos. 

Esta dinámica contemporánea que invita a estar completamente atento ante la coyuntura se ha transformado en un pésimo hábito definitivamente instalado que funciona como una suerte de “normalidad nacional”.

Así las cosas, nadie está en condiciones de proyectar su futuro ignorando esos acontecimientos políticos. Cada determinación personal, empresarial o institucional choca con un horizonte abrumadoramente fugaz que amenaza con alterar la totalidad de las normas imperantes.

En otras épocas, no tan lejanas, ese hito sólo emerge con fuerza cada cuatro años ante la cercanía de un recambio del Presidente. La continuidad del actual, su reemplazo por alguien de ese mismo espacio, pero con otras características o el “salto al vacío” optando por un opositor formaban parte de las usuales intrigas propias de cada uno de esos comicios.

El típico esquema pendular en el que la política pasa de un extremo a otro, a veces con matices, construye un ambiente difuso, inseguro y peligroso en el que todas las decisiones, especialmente las económicas, quedan inertes.

Ese perverso esquema no sólo se ha mantenido vigente por décadas, sino que ahora ha empeorado al incorporarse nuevas tensiones provocadas por las elecciones de medio tiempo que se han convertido en un nuevo campo de batalla dispuesto a hacer tambalear el corto plazo.

Alguien dirá que esto acaece en todas partes y si bien en diversas naciones es así no menos cierto es que en algunas otras un acto electoral como este es absolutamente irrelevante, porque el poder de la política para entrometerse en las cuestiones cotidianas es muy limitado.

Ese fenómeno en realidad está asociado a la calidad de las instituciones y también a la madurez cívica de la población. Ambas aristas se presentan con claridad en una veintena de países que han tenido la capacidad de sostener este delicado equilibrio para librarse de los daños colaterales.

En democracias tan frágiles el proceso se agrava de tanto en tanto. Un trance que debiera ser intrascendente y sin secuelas a la vista se convierte, de pronto, en una temeraria bisagra entre el presente y el futuro.

En este 2021 se está gestando un nuevo capítulo de esta ridícula telenovela que inmoviliza una vez más a todo el aparato productivo gracias a los particulares intríngulis de una votación que tendría que pasar casi desapercibida para los agentes económicos si fuera esta una nación razonablemente estable.

Es evidente que este no es el caso. Si el porvenir depende del eventual resultado de una instancia intermedia, va quedando claro que este hecho es solamente un síntoma de un profundo problema estructural.

En esta ocasión no se eligen ni gobernadores ni intendentes (salvo en un par de provincias), sino que se renueva a nivel nacional la mitad de los integrantes de la Cámara baja y un tercio de los miembros del Senado.

Sin embargo, todos están alertas, como si se tratara de la situación política más relevante del siglo. 

Algunos inclusive le asignan una jerarquía superior asumiendo el circunstancial impacto geopolítico del supuesto desenlace.

Bajo semejante panorama la economía se encuentra ahora virtualmente paralizada ya no como consecuencia de la bofetada que ha significado tanto la pandemia como las variadas e insólitas cuarentenas domésticas.

Es que pese a esa esperanza de recuperación parcial que se espera en lo económico, los que pueden modificar el curso de los acontecimientos en un sentido positivo están asustados por las turbulencias que propone el recorrido hacia las urnas.

Ya ni siquiera se trata de una apuesta para que ganen unos u otros, o de las inciertas fechas seleccionadas para la disputa, sino de las derivaciones de las fluctuaciones inerciales que no encuentran jamás un estándar aceptable.

Con ese escenario no resulta lógico hacer apuestas de gran envergadura y eso trae consigo efectos negativos de todo tipo que la clase política ni registra ni le preocupa.

Uno de los tantos aspectos de estos titubeos tienen que ver con el valor de la moneda local y su correlato en otras divisas. La inminencia de una nueva devaluación es una posibilidad crónica y una práctica demasiado habitual que castiga con fuerza a los más desprevenidos.

La larga historia y una gimnasia a prueba de todo, hace que los ciudadanos se protejan ante esa chance y eso los lleve a evitar aventuras financieras con todo lo que eso implica para el resto de la comunidad.

Si los que pueden hacerlo no invierten por los temores que fueren, habrá que olvidarse del nacimiento de nuevas empresas, la generación de empleo genuino, la recuperación del salario real y también del sueño de los políticos, en el que la recaudación impositiva crezca para que ellos distribuyan lo ajeno. Ni siquiera eso podrá ocurrir si nadie invierte lo suficiente para que la rueda siga girando.

Nadie ha aprendido la lección. Con reglas de juego desconocidas, cambiantes e inestables nadie arriesga su patrimonio. Es tan elocuente esta cuestión que no es posible entender cómo aun no han tomado nota luego de casi un siglo de ensayar su infinito arsenal de torpezas.

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Opinión Alberto Medina Méndez
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