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Columna de opinión

La pandemia: solo un espejismo

El título de hoy no se refiere a las consecuencias del coronavirus en la salud. El confinamiento parecía una oportunidad para cambiar conductas y comportamientos. El paso de los meses nos puso a prueba y volvimos a fracasar. Los ejemplos son muchos. En Corrientes ocurrieron varios en las últimas semanas. ¿La cuarentena es la única responsable de mostrar nuestro costado violento? O somos el resultado de la misma ausencia de controles y sanciones anterior al Covid-19. Los objetivos de un año atrás se están haciendo trisas.

Aunque al principio algunos pocos negaron la fuerza del coronavirus, la gran mayoría entendimos que se trata de una amenaza para la existencia humana. De todas formas,  el objetivo de hoy no es revisar lo ocurrido con la pandemia en el sistema sanitario sino observar algunos ejemplos que nos exhiben como una sociedad violenta.

 La lista es mas larga si la remontamos en el tiempo. Para esta columna solo menciono los que permanecen frescos en nuestras memorias: el crimen en ocasión de tránsito provocado por un efectivo de seguridad retirado en la avenida Alfonsín, el asesinato de un contador en Paso de los Libres de treinta puñaladas, un adolescente de 17 años que apuñaló al padre en el barrio Antártida Argentina y un automovilista que se llevó la vida de un padre y su hijo en la ruta Nacional 12 ingresando a la capital de la provincia.

Es cierto que todos son hechos muy recientes y por ello la justicia tiene un rol fundamental para determinar la responsabilidad de cada actor. Pero no debemos esperar a que ello ocurra para entender que se tratan de episodios violentos que se llevaron vidas, hirieron a otras y destrozaron el futuro de familias. Estos hechos parecían lejanos a los correntinos y hoy ocurren a pocas cuadras o kilómetros de donde vivimos. Antes los veíamos por televisión y hoy podemos ser testigos presenciales de estos "relatos salvajes".  

Estamos a un año del inicio de una nueva forma de vida en todo el mundo. Nuestras costumbres y el ritmo de movernos en sociedad fueron abruptamente frenados por un virus desconocido que amenaza la existencia de la raza humana. Rápidamente se diseminó y los lugares más recónditos del planeta, incluso algunos que parecían refugios seguros, comenzaron a experimentar su presencia angustiante. A pesar de eso no terminamos de dimensionar su gravedad y somos renuentes a respetar las medidas de prevención. Y peor aún, pareciera que despertó con mayor virulencia nuestro costado violento que se había calmado al principio de la cuarentena y nos hacía soñar con un mundo mejor.

En marzo del 2020 la gran mayoría éramos optimistas e imaginábamos que llegaba una oportunidad de cambio que veníamos postergando hace mucho tiempo. Nos maravillábamos con las mejoras que experimentaban nuestro golpeado planeta y sus seres vivos. El confinamiento de los humanos rápidamente permitía confirmar que algo estábamos haciendo mal. Disminuían los índices de contaminación y nos sorprendíamos con la presencia de animales para muchos desconocidos y, para otros, atípicos en determinados lugares.

Con el paso de los meses ese optimismo que construimos en el inicio del aislamiento comenzó a socavarse por los acontecimientos. Otra vez brotó nuestro lado individualista, violento y oscuro. De los aplausos a los profesionales pasamos a escrachar a personas contagiadas. Volvimos a ver "cazadores" de especies en peligro de extinción posando para la foto de las redes sociales. 

Los profesionales comenzaron a explicarnos que están relacionados con las consecuencias del encierro. Algunos proponían abrir y otros mantener el aislamiento para prevenir los contagios. Una disyuntiva que aún hoy no esta resuelta. En lo personal estoy convencido que debe pasar por una vida laboral activa que resigne el ocio para cuando sea dominado el coronavirus. 

En los tiempos de la informática y las estadísticas no debe ser difícil para las autoridades determinar cuales son los lugares y las actividades de mayor contagio. Basta mirar el ejemplo de Brasil tras una temporada veraniega sin control. Hoy, el vecino país, esta sometido a nuevos récords de contagios y muertes previo colapso de su sistema sanitario. 

Volviendo a la violencia de la que nos ocupamos en esta columna sería interesante observar que solo estaríamos en presencia de nuevos capítulos de una serie que venimos viendo desde antes de la pandemia. Solo que en aquel tiempo los hechos ocurrían en países distantes o en ciudades alejadas de muestra provincia. 

También es cierto que los acontecimientos violentos parecen aislados y consecuencia del crecimiento poblacional. Incluso podemos sospechar de la mayor presencia de los medios en la vida cotidiana y su amplificación por la reiteración de la noticia.

Para cambiar debemos ser consientes que no solo la pandemia nos sumió en un comportamiento de dialogo ausente y violación a las normas de convivencia. Quizás sea producto de un promocionado estilo de vida que nos invita a sobrepasar límites para "vendernos" como ganadores

Para evitar que ocurra lo anterior es importante el rol de la justicia. Se la necesita activa y comunicativa. Solo así llegará el mensaje que frene los impulsos destructivos por temor a una condena que nos cambie la vida para siempre. De esa forma, se evitará que los hechos ocurridos se conviertan en un peligroso "efecto dominó" que siga amenazando la existencia humana. Definitivamente la pandemia es una amenaza pero los humanos parecemos más peligrosos que el temible virus

"Como padre nunca vas a pensar que tu hijo te va a agredir", sostuvo el Jefe de la Policía de la provincia al referirse al caso del barrio Antártida Argentina. 

Lamentablemente estos hechos ocurren con mayor frecuencia de la que nos enteramos los medios de comunicación. En distintas formas, no necesariamente a través de la violencia física. Existen otras manifestaciones violentas riesgosamente asumidas por algunos integrantes de las familias o de la sociedad como si se tratara de un simple juego. Entre ellas la violencia verbal y/o económica. Es cierto que se necesita un cambio en los paradigmas de la educación familiar pero no podemos pasar de la severidad de los padres a la agresividad de los hijos, sin escalas. Como sociedad aun no hemos encontrado el equilibrio necesario para que estos hechos no ocurran, no se repitan y menos aún se imiten. 

Hace tiempo muchos somos optimistas y tenemos la esperanza de aprender de los comportamientos negativos. Lamentablemente se repiten y los ejemplos aislados se vuelven masivos y cada vez más cercanos a nuestras comunidades. Los "relatos salvajes" se convierten en obras reales en nuestras ciudades, en nuestras calles y hasta en nuestras familias pero no debemos bajar los brazos.

Debemos conservar el optimismo para no condenar al fracaso definitivo a las generaciones posteriores. Los ejemplos positivos, por más individuales que parezcan, deben repetirse hasta el hartazgo. Solo así se convertirán en "máquinas de contagio" para el resto. Tenemos que entender que nadie "esta perdido" en la sociedad: ni los niños, ni los jóvenes, ni los mayores. Todos tenemos un rol en la realidad que vivimos y esta en nosotros despertar cada mañana para escribir una vida mejor

Hace mucho tiempo hablamos de esconder nuestras miserias bajo la "alfombra". Todos lo hacemos con nuestro desinterés que intentamos disimular condenando airadamente un hecho como el de la niña Maia en Buenos Aires. ¿Cuantas Maias existen muy cerca de nosotros y nos hacemos los "distraídos" con el pretexto de estar arrastrados por la furiosa rutina diaria? 

Las estadísticas lo demuestran claramente. Es cierto que no esta en nuestras manos salvar a cada una de las Maias que viven en nuestra tierra llena de riqueza pero poblada de personas sumidas en la extrema pobreza. De todas maneras, tenemos una responsabilidad ciudadana que la hemos perdido. Dejamos de estar alerta frente a las injusticias y nuestro individualismo nos lleva a utilizar las herramientas de la democracia para salvarnos sin pensar en nuestro semejante. Por eso estamos divididos remando en sentidos contrarios, con una barca detenida y cargada de miserias.

Entiendo que muchas son reflexiones sin respuestas. Solo quiero que sirvan para ayudarnos a encontrarlas y, de esa forma, convivir en una sociedad amigable y empática. No podemos condenarnos al fracaso. Solo tienen que ser experiencias que nos permitan aprender para no seguir viendo la misma película. 

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Opinión Carlos Bramante
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