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Columna de opinión

Causa obreros: Justicia ¡POR FAVOR!

En la columna de hoy me refiero a un juicio oral demandado por la sociedad. La tragedia del barrio Cambá Cuá que se llevó la vida de ocho obreros de la construcción. Pasaron nueve años y las idas y vueltas no fueron pocas. La pandemia no puede ser argumento para dilatar su realización. Los servicios estatales diseñaron estrategias y protocolos para funcionar. Es necesario poner fin a la dolorosa agonía de sobrevivientes y familiares de fallecidos.

 

Se cumplen nueve años de la tragedia que enlutó a ocho familias. Dejó sobrevivientes que sufren las secuelas de lo ocurrido y familias que transcurren por un largo peregrinar para saber que ocurrió y sean condenados los responsables. Esa esperanza se abrió el año pasado al fijarse una fecha para comenzar el juicio oral pero la pandemia lo impidió. Los temores del momento por una realidad mundial desconocida y mortal llevó a las partes a aceptar su postergación. Con el paso de los meses se diseñaron protocolos y estrategias para que funcionen las instituciones gubernamentales. La justicia no fue la excepción.

Sabemos que volver a la normalidad llevará tiempo. Aunque haya avances en el plan de vacunación tendremos que mantener las medidas de prevención. Por ello, es necesario que se activen mecanismos que encuentren el lugar adecuado para un juicio que puede ser ejemplar. Se transformaría en una señal para que la ciudadanía recupere la confianza en la justicia.

Seguramente hará falta invertir en equipamiento y encontrar la sala adecuada que asegure la protección de los participantes y, más aún, teniendo en cuenta la cantidad de personas presentes. Si es necesario, tendrán que formar una burbuja sanitaria durante el tiempo que dure la realización del mismo.

No le corresponde a las víctimas y tampoco a los familiares encontrar la estrategia segura que evite la propagación de la enfermedad pandémica. De todas formas, cabe recordar que no pocos lugares hallaron la metodología que garantice la prestación de los servicios necesarios. Quizás no todos dimensionamos la importancia de la justicia hasta que requerimos de ella. Si estoy convencido que se trata de un servicio esencial para la armonía social.

Hubo tiempo, hay lugares y tecnología adecuada para montar una sala de audiencias ajustada a la causa judicial que tanto dolor produce. Es necesario e imperiosos poner fin a una herida que parece incurable. Un dolor infinito que buscaría la agonía de los sobrevivientes y las familias de las víctimas. Esa agonía que lleva a perder fuerza en el reclamo de justicia y solo beneficia a los que se protegen bajo el manto de la impunidad. Simple pero fatídico resultado causado por el paso del tiempo y la ausencia de respuestas.

En la columna que se publicó días antes del fallido inicio del juicio oral previsto para el año pasado expresé mi admiración por María Rosa Urbina. Hoy vuelvo a ratificar que es una madre del dolor con fuerzas infinitas que se transformó en modelo de lucha. Misión, muchas veces, realizada desde la soledad provocada por el comprensible cansancio de otros familiares.

¿Será acaso que los encargados de administrar justicia ven que algunos bajan los brazos? Sería penoso imaginar que, de esa forma, se encuentran argumentos para frenar el inicio de un juicio oral cuya instrucción finalizó al poco tiempo de ocurrir la tragedia. Tengo la sensación que hay un abuso, involuntario o deliberado, de la tolerancia de quienes buscan justicia.

El sistema judicial tiene bien definidos los roles de cada uno de sus protagonistas. Seguramente ningún código o manual jurídico recomienda aguardar el reclamo público para producir resultados. No se necesitan marchas, y tampoco reportajes periodísticos, para hacer justicia. Cuando ello ocurre algo funciona mal y es una luz de advertencia para sus principales protagonistas: jueces y fiscales.

Cuando la venda de la justicia sirve para ignorar el “semáforo” de calidad se produce espontáneamente el reclamo social. En corrientes, en el último tiempo, nos encontramos en las calles de la ciudad con variadas movilizaciones que reclaman justicia. ¿Alguien habrá advertido que ese aparato imaginario está cambiando de amarillo a rojo? El verde sabemos que dejó de funcionar hace mucho tiempo. Aún no detectamos el motivo de la avería: se habrá quemado o se olvidaron de cambiar la lámpara.

Sabemos que en corrientes somos renuentes a las innovaciones. Acaso el “semáforo de la justicia” sigue usando vieja tecnología y algunos de sus integrantes están encandilados por luces externas. Es el tiempo de utilizar “lámparas” LED. Solo así podrán asegurarse que la luz verde los habilita a no detenerse en el cumplimiento de los objetivos para los cuales fueron designados.

En las salas de audiencia aún se ven crucifijos y los magistrados juran por los Santos Evangelios desempeñar fielmente su labor. No quedan dudas que los ocho obreros fallecidos en la tragedia del Barrio Cambá Cuá fueron recibidos como “mártires” de la avaricia humana. Los actores judiciales tendrían que sentir sobre sus espaldas la mirada del Cristo crucificado y reflejar en sus resoluciones judiciales la imparcialidad que juraron defender. De lo contrario, sería positivo debatir la presencia de imágenes, de cualquier confesión religiosa, en las oficinas públicas.

No quedan excusas para dilatar el tiempo. Es momento de proponer encuentros preparatorios para diseñar los protocolos sanitarios. Y de esa forma, dar inicio, en un tiempo razonable, al juicio oral demandado por la sociedad correntina.

P.D.: Que la impunidad no circule por autopista y víctimas y familiares por caminos pantanosos.

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Opinión Carlos Bramante