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Alberto Medina Mendez

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LA POSTERGACIÓN HASTA EL INFINITO NO BRINDARÁ SOLUCIONES

Los problemas estructurales necesitan ser abordados

Las pruebas están a la vista. Buena parte de la gente no cree que la dinámica actual conduzca hacia el progreso ni permita escapar de este perverso laberinto, sin embargo nada cambia. 

La coyuntura da prioridad a las urgencias. En tanto la política toma nota de esa demanda y actúa en consecuencia para mantener su popularidad con una agenda enfocada exclusivamente en cosechar réditos en las urnas.

Ese modo de analizar los asuntos cotidianos ha sido funcional a la eternización y profundización de disyuntivas que no sólo no localizan una salida razonable, sino que, con el paso de los años, se enredan aun más.

Tópicos como el régimen laboral, electoral, tributario o carcelario, el sistema impositivo, educativo, judicial o sanitario merecen ser estudiados con sensatez para avanzar luego con las reformas de fondo tan indispensables para alcanzar ese ansiado porvenir. Sin esas transformaciones es improbable que los países se desarrollen con consistencia. Por ahora todo sigue igual, inmutable y sin horizonte a la vista.

Un viejo refrán recuerda que “a grandes problemas, grandes remedios” sin embargo, esa fórmula absolutamente lógica e imprescindible no opera eficazmente en la era de la democracia y la fascinación por la inmediatez.

Ningún líder contemporáneo se arriesgará aplicando recetas duras porque intuye que si las ejecuta su carrera concluirá rápidamente gracias a los indeseados daños colaterales que una “terapia de shock” puede, eventualmente, traer consigo.

La evidencia histórica reciente da cuenta de múltiples experiencias en las que los dramas se acrecientan, no se resuelven, sin siquiera ser encarados, constituyendo un círculo vicioso que jamás interrumpe su secuencia.

El reto es gigante. Quedarse de brazos cruzados no resulta efectivo. Los tropiezos no desaparecen por arte de magia ni se evaporan al ser ignorados. De hecho, su mayor durabilidad acarrea conflictos adicionales que, inexorablemente, entorpecerán el desenlace tan anhelado. El modelo que usa paliativos para minimizar el inevitable impacto negativo y la mecánica que invita a “emparchar” para ganar un poco de tiempo han sido los instrumentos preferidos de la clase dirigente de esta época. No ha servido para mucho. Al menos no para la gente. Los políticos lograron esquivar parcialmente las esquirlas para pasarle la posta al siguiente mandato alimentando, en ese trayecto, su enorme desprestigio social.

Su credibilidad ya está por el suelo. Se han ganado esa calificación. La sociedad sabe, a estas alturas, que son mentirosos e inútiles, y hasta empieza a cuestionar al sistema democrático por su demostrada ineficacia.  

El dilema que enfrentan quienes hacen política hoy es decidir si insistir con esta patética saga repitiendo la mala praxis de sus predecesores o intentar descubrir los senderos que lleven hacia un mejor puerto.

Una calamidad estructural no resuelta es una fuente inagotable de nuevos escollos que se reproducen generando secuelas inusitadas y comprometiendo aún más la chance de desenredar la intrincada madeja. Para afrontar este abanico de complejidades enquistadas desde hace décadas se requiere de ingredientes esenciales que deben ser aportados no sólo por los políticos, sino también por una comunidad que los respalde.

Por un lado, se precisa de liderazgos con coraje y especialmente dispuestos a pagar elevados costos políticos de corto plazo admitiendo la posibilidad de que esas valiosas contribuciones puedan ser su legado para las próximas generaciones y al mismo tiempo su despedida del mundo electoral.

Nada de eso se puede obtener sin un enérgico apoyo y una inmensa paciencia por parte de una sociedad que debe asimilar, previamente, que el camino hacia el “paraíso” viene acompañado de dificultades y sacrificios.

Asumiendo que ambas cosas son difíciles de encontrar en esta temporada de cobardía crónica, demagogia inercial y apatía ciudadana, solamente los que finalmente lo comprenden pueden iniciar un exitoso recorrido tan desafiante como engorroso.  

Por eso es tan relevante construir consensos para emprender esos monumentales proyectos que tanta falta hacen. La sociedad en su conjunto y la mayor cantidad de sectores partidarios deben converger acordando sobre ciertos parámetros comunes que permitan elaborar un curso de acción y encaminar un satisfactorio proceso hacia las reformas.

La tarea no es sencilla. Todo se ha complejizado y por lo tanto nada es tan lineal como algunos pregonan con una inexplicable ingenuidad. Las ideologías brindan un rumbo y orientan para seleccionar las herramientas óptimas, pero lamentablemente eso no es suficiente. Una cuota significativa de inteligencia, sentido común y genuina capacidad de diálogo serán la clave para edificar las bases de un esquema posible. No hay lugar para caprichosos ni para utopías descabelladas. Existe la oportunidad concreta de trabajar con seriedad y compromiso. Sería un pecado hacer caso omiso a esta ocasión siempre disponible.   

Un equipo multidisciplinario de especialistas y una dirigencia heterogénea podrían trabajar fuertemente construyendo soluciones sustentables que garanticen esa persistencia vital para visualizar las verdaderas metas.

Puede que se trate sólo de un sueño algo infantil, pero debe quedar claro que sin esa comunión de intereses y visiones compartidas la tragedia se seguirá agravando, la decadencia continuará su derrotero expulsando a los mejores y condenando a todos a un futuro sin esperanzas.

 

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