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Carlos Bramante

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Columna de opinión

Debemos recuperar la cultura del trabajo

Hoy me refiero a la conmemoración del 1° de mayo. Tendría que ser una jornada de celebración. Sus antecedentes y la realidad actual nos impiden. El día del Trabajador recuerda una tragedia y los tiempos que vivimos no están alejados de aquella época. Los vaivenes de Argentina devaluaron a una de las expresiones más completa del hombre. Los diferentes gobiernos tomaron a los planes sociales como botín electoral. Provocaron la confusión entre: empleo y ayuda social. Y terminaron dividiéndonos entre: trabajadores y  “planeros”. 

No acostumbro a ser imperativo en los títulos de mi columna pero esta vez considero necesario. El trabajo no es una opción en la vida de la personas. Es una obligación que nos permite construirnos como individuo y sociedad. 

Al mismo tiempo expreso mi disidencia con aquellos que sostienen  que el trabajo dignifica al hombre. La dignidad es exactamente igual para una persona con trabajo, desempleada o beneficiaria de un plan social. La dignidad humana no es una mercancía negociable a través de una fuente laboral.

Sí, comparto y reclamo que las personas tengan el derecho a elegir la actividad laboral para la cual se capacitaron. De todas formas, entiendo que en nuestro país es una opción pendiente y debemos acomodarnos a las posibilidades que brinda el lugar que habitamos.

Cuando hablamos de posibilidades laborales comienza el gran cuello de botella que hace décadas enfrentamos los argentinos y denominamos: DESEMPLEO. Muchos de nosotros tenemos la suerte de conocerlo a través de las estadísticas. Necesitamos ser conscientes que millones de compatriotas padecen y, en el mejor de los casos, subsisten con un empleo precario.  

La dirigencia política en general y más aún los representantes del pueblo son los primeros que deben tomar conciencia de la importancia de promover el trabajo como fuente de desarrollo humano y social. 

El trabajo no debe ser parte de las grietas políticas en las que nos quieren dividir y encasillar a los argentinos. Lamentablemente no ocurre porque, los variados colores políticos, aprovechan las virtudes del trabajo para escribir sus plataformas pero orientan sus acciones de acuerdo al lugar del mostrador que ocupan. 

Oficialismo y oposición deben asumir la misma responsabilidad. Sabemos que eso no ocurre porque las promesas electorales se diluyen desde el primer día de gestión. Los compromisos de campaña quedan en el olvido porque íntimamente el gobernante, desde el primer día de gestión, piensa en la elección siguiente. Y por eso utilizan una herramienta institucional de coyuntura, como los planes sociales, para consolidar su poder y ganar la próxima contienda electoral.

Esa estrategia electoralista de los gobiernos de turno no tiene que confundirnos y llevarnos a demonizar los programas sociales. Se trata de un instrumento útil y necesario en circunstancias adversas  de cualquier país. Necesitan ser instrumentado como un bien temporario para quien lo recibe y con la capacitación adecuada para darle una salida laboral.

 Tampoco los beneficiarios deben confundirse y entender que un plan social es igual al sueldo de un trabajador. Lo último viene ocurriendo con frecuencia y es uno de los motivos que llevó a perder la cultura del trabajo. Lamentablemente profundizó la grieta dividiéndonos entre trabajadores y “planeros”. 

Por ello sostengo la perversidad del discurso político argentino independientemente de su ubicación ideológica.  Cuando los dirigentes se refieren a la necesidad de fomentar las inversiones como generadoras de fuentes de trabajo pareciera que estamos en presencia de la pelea del gato y el ratón. Todos prometen durante la campaña electoral pero al asumir lo primero que hacen es mantener o aumentar los beneficiarios de planes sociales. Son los principales autores de la confusión sobre la utilidad  positiva de esa herramienta coyuntural.

Las políticas de un nuevo gobierno no buscan fortalecer las metas alcanzadas por las administraciones anteriores. Las últimas décadas de la Argentina son un claro ejemplo. Sin escalas, pasamos del desarrollo de las Pymes a priorizar las grandes empresas.  Sin discutir entre “ángeles y demonios”, ambos sectores son necesarios para cualquier economía.

 Las consecuencias de los giros gubernamentales produjo el vuelco repetido de las gestiones sin advertir que la principal víctima es: EL TRABAJADOR. Los políticos, devenidos en funcionarios por la voluntad popular, terminaron volcando el país tantas veces como pudieron y abandonaron, a miles de argentinos, en la banquina del desempleo.

La situación descripta en el párrafo anterior sirve de antecedente para comprender que la estabilidad laboral en el sector privado es: UNA UTOPIA. Por ello, el empleo estatal sigue siendo la opción más demandada en distintas provincias del país. No asegura una carrera laboral exitosa pero permite mantener un ingreso económico estable. Y no olvidemos que en algunas regiones es la única opción. 

Necesitamos dejar de ser menos literarios y más literal cuando nos referimos al trabajo. Más aún cuando hablamos del resultado de la ecuación dificultad y esfuerzo. Sabemos que ambos elementos son necesarios para una carrera laboral pero su resultado no depende solamente de la persona. Se necesita la convergencia de varios factores y los gobiernos deben ser garantes de impedir la consecuencia llamada: DESEMPLEO.

En pleno siglo XXI permanece vivita y coleando “La Forestal”. Para quienes no conocen sus antecedentes solo necesitamos recordar que se trata de una metodología patronal muy extendida a principios del siglo pasado. Contrataciones precarias, ingresos bajos y pago en “moneda” propia. Esto último, obligaba a los trabajadores a comprar dentro de las mismas empresas. Negocio redondo para sus propietarios. Así nacieron muchas de las grandes fortunas del mundo y la Argentina. Con “aires” renovados, sigue vigente  aquella modalidad denominada: EXPLOTACIÓN LABORAL.

La solución al desempleo no puede volver a ser: LA FLEXIBILIZACION LABORAL. Alguna vez se utilizó aquella metodología y su único resultado positivo fue hacernos conocer la peor cara de la dirigencia política argentina. Los más memoriosos recordarán que a principios de los 2000 se aprobó una reforma laboral a la que se conoció como Ley Banelco por la distribución de coimas en el Senado de la Nación.

 Todos los sectores de la economía y las instituciones del país deben asumir el compromiso de respetar las conquistas laborales. Hay que entenderlas como la base de un proceso de desarrollo laboral que respete al trabajador como persona y no como un robot. 

Por lo anterior, es necesario señalar la contradicción que existe entre aquellos que “alertan” o, mejor dicho, atemorizan con un mundo robotizado cuando se hacen escuchar los reclamos de los trabajadores. Mientras esto ocurre en nuestro país, en otros lugares del mundo, las empresas destinan parte del tiempo productivo a la recreación de sus empleados. Entienden que un ambiente laboral sano y relajado será más productivo que los minutos  “perdidos” de ocio

También es fundamental que los trabajadores comprendamos la importancia de: LA VOLUNTAD PARA TRABAJAR. Si no existe predisposición a cumplir la tarea asignada por la patronal vamos a fracasar como empleados. No conseguiremos una fuente laboral estable porque nuestro currículo lucirá vacío de experiencias relevantes. Solo como ejemplo menciono el modo de atención en algunos locales comerciales cuando nos encontramos con empleados desconsiderados en su forma de atender. Olvidando la importancia del cliente, se ubican en su “zona de confort” tras conseguir la estabilidad laboral. 

La experiencia relatada anteriormente puede explicarnos el cansancio de la patronal y provocar la desaparición de empresas o comercios familiares tras varias décadas de trayectoria. Al envejecimiento de la plantilla laboral se suma la “presión” sindical que termina provocando el agobio y quiebre de sus propietarios. Todos pensamos que el agotamiento es producto de los vaivenes del país pero en realidad se trata de una serie de factores que provocan aquel resultado negativo. 

De allí que cierta parte de la sociedad y, más comprensible aún, la que tiene capacidad de generar trabajo, consideren a las leyes laborales y los sindicatos argentinos MALA PALABRA y UN OBSTÁCULO para el desarrollo patronal. Sin dejar de advertir que un grupo de inversionistas sigue soñando con la vieja Forestal. 

También es necesario resaltar que muchos otros quieren emprender un camino distinto. La Argentina tiene sobrados ejemplo de empresarios que primero piensan en sus trabajadores y luego en su crecimiento patrimonial. Solo recomiendo leer los motivos que llevaron a la Iglesia Católica, la semana pasada, a iniciar la causa de canonización de Enrique Shaw, llamado el “empresario de Dios”. 

La dirigencia sindical argentina necesita una aguda reforma y profunda depuración. Hacen falta dirigentes que abandonen las prácticas para volverse ricos o, en el mejor de los casos,  creadores de estructuras sindicales volcadas a campañas electorales. Sus “métodos” solo sirven para extorsionar a la patronal olvidando la defensa de los derechos laborales de sus afiliados. Sin dejar de recordar que existen honrosas excepciones.

No hay dudas que hacen falta numerosas reformas laborales, impositivas y sindicales (entre otras) en la Argentina. Hay que hacerlas sobre los cimientos actuales para alcanzar el equilibrio entre patronal y trabajadores. Solo así construiremos bases sólidas para un país y una provincia con futuro. 

De lo contrario, seguiremos debatiendo la coyuntura y empeñando el futuro de nuestros descendientes. Todos somos responsables de torcer el rumbo para encontrar la  senda del éxito. Necesitamos que nuestro individualismo indolente deje de condenar a las próximas generaciones.  Hoy debemos enseñar con el ejemplo: LA CULTURA DEL TRABAJO.

                                                                                         ¡FELIZ DIA DEL TRABAJADOR!

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Opinión Carlos Bramante
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