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Daniel Collinett

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El fin de los besos

Vengo de la época en que los besos se practicaban, antes de ser dados. Y lejos de ejercitarnos con la susodicha, los varones de mi tiempo, debíamos arreglarnos con la almohada, el espejo o el antebrazo. 

A propósito de arreglos: el beso se daba, en la mayoría de los casos, una vez que estabas arreglado o arreglada. Salvo deshonrosas excepciones, que también las había, lógicamente. Los robadores de besos, con suerte se afanaban un labio apenas humedecido que ni siquiera se abría un cachito para permitir comidas de boca, aún cuando ambas partes estuvieran pensando en ello. Y si el hecho se concretaba, valía el atraque, pero no la lengüeteada. Esa era una exagerada manera de mostrarse (ambos) con otras intenciones. 

Rara vez ocurría, a decir verdad. Más bien, pasaba lo contrario y el beso se conseguía después de mucho andar por la vida con paletas no siempre deseadas, que solían separar parejas hasta de las butacas contiguas del cine. Después de mucho zaguanear, de mucho abrazar, de mucho entrelazar dedos por calles más bien oscuras, porque no estaba muy bien visto que se declararan abiertamente ante la vista de todos y como festejantes tortolitos, aquellos que acababan de formalizar. Y es que  acababan de arreglarse, aunque en realidad uno le declaró a otra, sus ganas de andar, y la otra le dijo a uno que esperara unos días, que ya le iba a responder. Así las cosas, si había demora para el si, imagínese lo que podía tardar un pico bien incrustado.

Debo confesar que tuve la bendita suerte de no aguardar tanto para recibir el primero de esos que se estampan con más ganas que sabiduría. Y no por capacidad propia, sino por virtud ajena, recibí el chupón antes de darlo. De cualquier modo, reivindico aquel primer momento tan esperado por las partes del todo. Besar a la persona que te gusta o te pica es directamente proporcional a las ganas que tiene esa persona de recibir vuestro beso. Es que, aunque uno y una no lo hayan pensado antes y aunque el cuento finalmente se derrumbara con el correr de días meses o años, por ese instante, pasabas a ser el príncipe azul de esa princesa soñada. Por ende y aunque se demore un cacho, ambos dos querían que así sucediera. Cómo en los cuentos, que despertaban admiración por la inocente historia y no por la lógica absurda de cortar mambos a soñadores y soñadoras que siempre creyeron en el amor a primera vista y a primer beso estampillado y sin consentimiento alguno: si se avisaba lo que iba a suceder, perdía la magia, la gracia y la sorpresa.

 Perdonen los modernos, pero un amor tan calculado y poco permisivo, duele más que la espera a la salida de la escuela de una niña que finalmente no te va a dar ni cinco. 

Por estás horas, dicen que andan queriendo quitar de un clásico como Blancanieves, la escena del beso final del principe. Porque ella está dormida y no es conciente, angaú, de lo que está por ocurrir. Minga no va a saber! Capaz los defensores (y defensoras) del respeto en su máxima expresión estén de acuerdo con la idea de cortar el momento esperado. Aunque poco y nada les importe, quiero decirles que no cuentan con mi apoyo ni con el de unos cuantos y unas cuantas que venimos de los tiempos de hadas. 

Y de paso, algo más para agregar: pensándolo bien, lo lamento por ustedes. 
No saben lo que se pierden, al querer perder finales felices.

Evidentemente, jamás de los jamases, fueron atracados (y atracadas) como Dios y los colorines colorados, mandan

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