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Carlos Bramante

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Columna de opinión

100 mil muertes y no salimos mejores.

La pandemia nos ilusionó con una sociedad diferente. Imaginamos “escenarios ideales” con el verde de los campos y animales silvestres en zonas urbanas. Salimos a las calles y volvimos a cometer los mismos errores. Anestesiamos el dolor y desperdiciamos la oportunidad de convertir la utopía en realidad.

Quizás exageramos nuestro optimismo sin advertir la tragedia que teníamos por delante. Pero debemos ser conscientes que los sueños construidos durante la cuarentena fracasaron porque volvimos a mostrar nuestras miserias como sociedad.

Dudamos, desmentimos, contradijimos y hasta nos recibimos de expertos en virología sin pasar por la universidad. Al final, solo buscamos escaparnos del “torturador” encierro que coartaba nuestras libertades sin importar el sustento y la peligrosidad de nuestros argumentos.

Utilizamos como excusa los problemas de la vida cotidiana para terminar los fines de semanas en fiestas clandestinas que se convirtieron en propagadoras de la enfermedad.

Sin olvidar lo que sucede en otras ciudades del país con movilizaciones, acampes y piquetes de todos los colores políticos que a diario “invitan” a una nueva ola de coronavirus.

Nunca perdemos la esperanza de un cambio cultural pero terminamos engañados por voceros ocasionales que poco o nada están preparados para liderar un país con objetivos comunes.

Terminamos atrapados por dirigentes a quienes entregamos nuestra confianza para usufructuar un cargo público y, en el mejor de los casos, solo cumplen el rol de analistas mediáticos. 

En estos días observamos el empleo y aprovechamiento de los 100 mil muertos por la pandemia para los más variados objetivos. Desde las frías estadísticas a la cosecha de votos en tiempos electorales. Muy pocos están concentrados en evitar un record que no sirve para una caravana festiva.

Para algunos, el problema es económico y, para otros, es político. Pocos advierten que se trata de un problema humano que se resolverá solo si hay bienestar para todos. 

Hasta ahora, las soluciones se buscan y se aplican para individuos o se las deja libradas al “sálvese quien pueda”. Y si no aparecen, hay quienes proponen buscarlas en un “paraíso” desconocido. 

También es comprensible que un dirigente caiga en el desgano cuando intenta construir políticas de estado para un país donde el deporte nacional es: "me opongo porque me opongo". 

O sino, miremos nuestro comportamiento contradictorio al criticar las medidas de prevención. Primero decimos que son las de un Estado policial y, cuando la enfermedad avanza, nos quejamos de la inacción gubernamental. 

Una bella utopía nos regaló la última Copa América. Desde el abrazo entre Messi y Neymar a no cantar contra Brasil en pleno Maracaná. Todos coincidimos que fueron gestos positivos porque salieron campeones. De lo contrario, habríamos denostado hasta el cansancio a sus protagonistas.

Es cierto que nuestros políticos no vienen de ninguna burbuja sino de la misma sociedad a la que todos pertenecemos. De todas formas, es evidentemente que son muy pocos los que llegan a sitios gubernamentales reflejando los valores genuinos del pueblo argentino. 

Vivimos tiempo de elecciones y es el momento de asumir el rol de ciudadanos. Necesitamos elegir mejor a los exponentes del oficialismo y la oposición. Sencillamente hace falta un sistema político constructivo integrado por dirigentes que, una vez finalizada la competencia electoral, se ocupen de resolver los problemas de la gente.

No es útil una dirigencia política que aguarda “expectante y agazapada” el momento en que se cumple un record que nos enluta a todos. Tampoco sirven aquellos lobistas, disfrazados de funcionarios o legisladores, que defienden intereses sectoriales con rebuscados y engañosos argumentos.

Cuesta comprender que haya dificultades para aprobar una Ley de Etiquetado de productos alimenticios industrializados para informar la presencia de componentes nocivos para la salud.

Mientras tanto, Unicef nos dice que ocupamos el primer lugar de los países de la región con niñas y niños con sobrepeso. Una realidad sanitaria que hipoteca el bienestar de las próximas generaciones.

Esas realidades explican porque no podemos resolver las tragedias que enlutan a todos los argentinos hace décadas. Solo recordemos lo que sucede todos los años cuando conocemos las estadísticas de siniestros viales o las de violencia familiar y social.

Tomás Moro inventó la palabra UTOPIA tomando dos vocablos griegos que significan “lugar que no existe”. Por su parte, la Real Academia Española nos dice que ese objetivo se construye a partir de un duro golpe.

 ¿Cuál de los dos caminos elegiremos? ¿La sencillez de pensar que nunca llegaremos al lugar imaginario que nos propone el escritor y humanista inglés o alguna vez nos animaremos a vencer las dificultades para cumplir un sueño colectivo?

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Opinión Carlos Bramante
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